El héroe...

Actualizado: 22 de nov de 2020


Se encuentra en una siniestra encrucijada: sabe que lo más probable es que no vea el amanecer, está herido y no recuerda la última vez que sintió que su vida tenía sentido. Es el general más joven que ha tenido la República; de hecho, es el “héroe de Ayacucho” —sitio de la batalla en que venció al ejército español en Perú cinco años antes—. Pero lo único que recuerda en este momento es lo “augusto” que estuvo en la cama de su mujer, de donde nunca debió salir.

—Por favor, ¡no te excites más! —le rogó ella mientras alcanzaba otro orgasmo en medio del que parecía ser el encuentro sexual más apasionado que hubieran tenido en toda su vida de pareja (porque eran pareja; de lo contrario, ella no le habría dado aquello que le es más preciado a una mujer).

—No es mi culpa que seas… la mujer más hermosa… que haya visto… y que… despiertes en mí los más bajos instintos —jadeó el héroe.

—¡Déjame dormir! No hemos parado desde que llegaste…, y eso que te tomó más de una hora estar listo —le recordó ella, exhausta, aún recuperándose del cuarto orgasmo de la noche.

¿O del día? La verdad, había perdido la noción del tiempo desde que lo vio llegar a su casa, regio en su porte —marcial como el de ningún otro—, con sus ojos grandes, negros como la noche, a juego con su pelo azabache, cubierto por su preciado sombrero blanco de jipijapa.

—¡Tú déjame hacer! No tienes que hacer nada: sólo estar —le dijo él demorando su orgasmo, obligando a su organismo a contenerse, pues quería que su mujer quedara satisfecha y que, mientras él estuviera en aquella campaña en que buscaría defender sus ideales, ella no lo olvidara o, lo que era peor, decidiera casarse con otro.

Un dolor en el brazo le recuerda que no se encuentra en esa cama ni dentro de ese cuerpo: de hecho, está muriendo. Lo sabe con la certeza que solo un guerrero puede tener. Su cuerpo le dice que lo han herido mortalmente y que su legado morirá en medio de las montañas de su tierra, las mismas que lo abrazaron cuando llegó a retomar el control de Antioquia y que hoy lo abrazarán en el sepulcro.

—¿Qué me falta? ¡Estoy sano, soy fuerte, mi figura es arrogante, la gloria me ha coronado desde la adolescencia, tengo títulos y un poderío que han alcanzado muy pocos! ¿Qué me falta?

—Juicio, mi general —murmuró el sirviente que estaba a su lado mientras él se arreglaba ante el espejo el lazo del corbatín.

Hoy podría decir que le hacen falta la fortaleza, la salud y la gloria que lo coronó desde su adolescencia. Pero lo que más echa de menos es la compañía de sus seres queridos —en particular, la de su mujer—, y no entiende cómo fue que las cosas se torcieron tanto.

—¿Será muy larga tu ausencia?

—La cama aún no está fría, ¿y ya estás pensando en cuando yo no esté? —le dijo el héroe a su amada, la mujer con quien no tenía duda alguna de que tarde o temprano formaría una familia.

—¡Es que no quiero que vayas! —le dijo ella abrazándolo con miedo.

Sabía que la próxima no sería cómo las otras batallas, donde su futuro esposo había resultado vencedor. En esta, él y sus amigos —el capitán Braulio Henao, que estaba retirado, pero de quien ella sabía que lo acompañaría hasta la tumba de ser necesario; su viejo amigo Francisco Giraldo y su amigo de infancia José María Arango, además de su hermano pequeño, Salvador, hombres con los que él se formó y a quienes formó— tendrían que enfrentar a enemigos particularmente pérfidos.

Sabía que esos enemigos no jugaban limpio. Sus amigas de tertulias le habían contado que entre quienes venían a combatir contra su futuro esposo había asesinos malvados como Rupert Hand —conocido por ser un homicida a quien no le importaban los medios con tal de lograr sus propósitos—, además de algunos europeos repudiados dondequiera por sus abominaciones.

Pero también sabía algo que su pareja ignoraba: serían comandados por un viejo amigo del héroe, el irlandés Daniel O’Leary.

—¿Te aburro?

—¿Por qué lo dices? —le preguntó ella, desconcertada.

—Porque no sé donde estabas, pero seguro no era en esta cama.

Desde su llegada la había notado inquieta, y su instinto le decía, por más que ella intentara ocultarlo, que algo malo le sucedía.

—¿Cómo puedes decir eso si todavía estás entre mis piernas y me tienes en tus brazos? —lo provocó para distraerlo porque sabía que la guerra estaba en su naturaleza como en la de ella la espera, por lo que sabía que no había nada que pudiera decirle para disuadirlo de ir a esa batalla: no tenía sentido comenzar una pelea precisamente antes de que se separaran… ¿para siempre?

—Aunque intentes distraerme, sé que algo te preocupa. Me di cuenta desde que te vi con tu vestido azul rey y ese escote en el que más de un pretendiente…

—¡No digas más, que me sonrojo!… ¡Y no era tan profundo! —lo interrumpió ella antes de que dijera algo más que la hiciera ruborizarse.

—En alguna vuelta por el salón creí entrever un coqueto pezón —le dijo él precisamente con esas intenciones, pues ver el contraste de su sonrojo contra la blancura su piel, nívea como los nevados de Antioquia la Grande, era uno de los mayores placeres que le había deparado la vida.

—¡No es cierto! Sabes que mi padre jamás me habría dejado salir con un vestido indecente.

No por nada, el patriarca había desempeñado altos cargos en el exterior.

El frío de la habitación lo devuelve a un presente en que la dictadura se ha impuesto en un mundo que él creyó liberar en cada batalla que ganó. Aún recuerda las palabras de aquella madre, la anónima heroína que, en pleno fragor de la guerra, les dijo a sus hijos:

—¡Vayan a morir con los hombres! Nosotras las mujeres marcharemos adelante: presentaremos nuestros pechos al cañón, y que la metralla descargue sobre nosotras… ¡Y que los hombres nos sigan y a quienes hayamos salvado de la primera descarga pasen sobre nuestros cadáveres, se apoderen de la artillería y liberen la patria!

Aquellas palabras le llegaron al corazón y dirigieron su espada a una victoria sin igual. ¿Dónde estará su madre? ¿Dónde estará esa madre? La habrán enterrado, como a miles de sus compatriotas, en fosas comunes. Sus hijos… ¿habrán salido vivos del combate?

La sangre que pierde se lleva con ella las fuerzas y la vida del héroe, de un héroe que morirá de manera infame, asesinado por un mercenario. Y cuando cree que morirá solo, una cara amiga llega a acompañarlo: su antiguo compañero de victorias, el irlandés.

—¡Una cara amiga…!

—No podría decirlo con certeza —le dice entre lágrimas el recién llegado a su amigo moribundo.

—Mi amigo, no me queda mucho ánimo para batallas dialécticas —le dice el héroe comenzando a temblar de frío por las escasas fuerzas que le quedan.

—¡Se rinde un héroe! —le dice el otro acercándose a abrazarlo.

Les ha ordenado a sus hombres que no entren a la habitación.

—No: es solo que sabe cuándo es momento de retirarse. Ya lo dijo Sun Tzu: si un buen general sabe cuándo atacar, un gran general sabe cuándo retirarse… Para reagruparse.

—¿Es lo que haces: reagruparte?

—Desde luego…

Ya comienza a entreoír el cortejo de susurros delirantes de la muerte.

—Te estaré esperando con los brazos abiertos, la cama caliente y el corazón ansioso —le dijo finalmente su mujer dándole un beso apasionado antes de su partida.

—Hoy yo te lo digo, mi amor: te estaré esperando al final de tu camino, que espero sea muy largo y pleno de felicidad. Esta vez me toca a mí el turno de esperar… —murmura el héroe un segundo antes de expirar en brazos de su antiguo compañero de luchas.


Foto:

https- es.wikipedia.org wiki Archivo-Jose_Maria_Cordoba_(PPI,_1882).png

Fuentes:

  • Posada, Eduardo (1914). Biografía de Córdoba. BIBLIOTECA DE HISTORIA NACIONAL VOLUMEN XIV.

  • Brown, Matthew (2015). El Santuario: Historia Global de una Batalla. UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA.

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Nickole Naihaus L

Nickole Naihans L

Nickinaihaus

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