La literatura voluptuosa: Introducción a una escritura de contagios e intensidades

Actualizado: 27 de nov de 2020



¿Aún no habéis reparado en que el placer, que es, en efecto, lo único que motiva la unión de ambos sexos, no basta sin embargo para establecer una relación entre ellos y en que, si bien viene precedido del deseo, que acerca, no es menos cierto que habrá de seguirlo un disgusto, que separa?

Choderlos de Laclos 350-351

La literatura siempre ha sido un jardín secreto en mi vida, un lugar especial al cual acudo para descubrir mundos nuevos, un espacio en donde, mediante las palabras, se les da vida a personajes nacidos en la mente del autor, a los más disímiles acontecimientos y aventuras, a sentimientos que devienen historias de amor y dolor, reflejos de las emociones y las pasiones humanas. También ha sido la columna vertebral de mi formación personal y profesional, por lo cual la considero un locus de aprendizaje que, además, me ha enseñado a pensar más allá de las normas y las restricciones que establece la educación.

A lo largo de mi formación literaria he descubierto diferentes géneros y sentido un gusto particular por las novelas románticas, que me han permitido conocer diversas formas de amar y de sentir deseo. Son historias en donde el amor determina el destino o la condena de los personajes, como Cumbres borrascosas (1847) de Emily Brontë, donde los sentimientos románticos nacen a pesar de las diferencias sociales y cobran vida gracias a la aceptación de dichas diferencias y al reconocimiento de que es posible encontrarse con el otro pese a las distancias aparentes que impone la sociedad. Esto se evidencia, por ejemplo, cuando Catherine —la protagonista de la novela—, una mujer aristócrata, bien educada y muy refinada, conoce a Heathcliff, un advenedizo, un gitano, alguien recogido de las calles, todo un impertinente, y aun así se enamora de él porque se da cuenta de que, en su concepción del amor y en su forma de amar, ambos son iguales. Fue leyendo esta novela como empecé a vislumbrar una fisura en los modelos amorosos que la sociedad y su ideología nos imponen, pues allí los protagonistas se sobreponen a las normas y, al contravenir las diferencias de clase, nos revelan nuevas formas de ser y de sentir.

También me impactaron mucho narraciones como la de Thomas Hardy en Tess, la de los d’Uberville (1891), que ponen en tela de juicio el modelo de lo que la cultura predominante denomina el “príncipe azul”. En esta novela, el autor contrapone el amor incondicional de Álec d’Uberville —un hombre mayor, de carácter malvado, a quien desde el comienzo presenta como el “malo” de la historia, pero que, pese a su “maldad”, acepta y ama a Tess con todos sus defectos— al “amor” de Ángel Clare, caracterizado desde su nombre como el paradigma del hombre “ideal”, alguien de buenos sentimientos, de familia piadosa, que atrae a las mujeres por su aspecto físico y su cultura pero que, a lo largo de toda su relación con ella, no hace más que forzar el carácter de Tess para amoldarlo a lo que él considera que debe ser una mujer y quien, en el momento de mayor vulnerabilidad de la protagonista en la narración, cuando ella le revela su mundo interior, la juzga, la condena y la abandona.

Dentro de este género literario que busca representar las relaciones sentimentales me encontré asimismo con el amor adverso, trágico, que se retrata en la novela Anna Karenina (1877) de León Tolstói, historia en que se abordan los temas de la infidelidad y el adulterio y de la influencia social en las prácticas amorosas “retorcidas”. Se expone allí, además, cómo, a causa de la educación heteronormativa y patriarcal, la mujer deja todo el poder en manos del hombre a quien ama y cómo este se aprovecha de tal autoridad para generarle inseguridad y celos, sentimientos que la llevan a una muerte trágica.

Pero fue leyendo novelas sobre el amor, el deseo y la pasión “desviados” —entendidos como aquellos que disienten de los paradigmas y las normas sociales hasta el punto de considerarse “enfermos”: en particular, el sadismo y el masoquismo como patologías sexuales— como surgió mi interés en el modo en que, mediante un lenguaje intensificado y excesivo, la literatura logra darles vida a modelos de amor y de pasión que se apartan de los patrones estatuidos por la ideología dominante y hace aparecer un cuerpo literario monstruoso, compuesto de flujos de intensidad y de deseo que posibilitan la creación de otros modos de vivir el amor y la pasión hasta sus últimas consecuencias. Este género literario, voluptuoso y excesivo, será el objeto de estudio del presente libro.

A lo largo de la Maestría en Literatura que cursé en la Universidad Javeriana tuve ocasión de leer a diversos autores, unos teóricos y otros creadores —es decir, novelistas y poetas—, que enriquecieron mi pensamiento acerca de la forma en que, dando existencia por medio de las palabras a universos habitados por personajes complejos, dotados de pensamientos y emociones reales, la literatura pone en escena sentimientos, deseos, pasiones y relaciones que resignifican ámbitos físicos y sentimentales.

Asimismo tuve la posibilidad de aprehender, leyendo a escritores modernistas de la talla de Rubén Darío, cómo, transformándose camaleónicamente o depurándose poéticamente mediante recursos métricos y retóricos (metafóricos), el lenguaje puede adquirir modulaciones y figuraciones singulares para nombrar determinados sentimientos, como el anhelo de una amada. Observé el mismo fenómeno en un texto narrativo cargado de referentes culturales como la novela De sobremesa([¿1896?] 1925) de José Asunción Silva, escritor que nos transmitió la ansiedad de un inquieto y conflictuado joven sibarita fin de siècle que siente no pertenecer a espacio social o existencial alguno y que, enamorado del amor, vive en un estado de perpetua añoranza de los placeres mundanos.

Más adelante profundicé mis lecturas de Michel Foucault, teórico que, con sus escritos sobre sexualidad y crueldad, poder y saber, vigilancia y castigo, lo anómalo y lo monstruoso, me aportó nuevos puntos de vista y de lectura de las relaciones sádicas y masoquistas —las cuales desbordan lo socialmente aceptado y, representadas mediante palabras, contagian el lenguaje de algo distinto en su decirse y ponerse en escena—.

Al proseguir con mis indagaciones me topé con un género híbrido, compuesto de viñetas, en que, adquiriendo un componente visual, las historias abordan una gran diversidad de temas. Por ejemplo, Watchmen (1986) de Alan Moore y Batman: Arkham Asylum (1989) de Grant Morrison y Dave McKean son relatos cuyos autores controvierten la imagen socialmente construida de los superhéroes —según la cual son seres exentos de problemas, verdaderos modelos de perfección física y mental— metiéndolos en narraciones donde son cargados con conflictos filosóficos y morales y representados con fisonomías muy alejadas de lo socialmente considerado “atractivo”. Este género engloba también narraciones de sombríos acontecimientos históricos: Veneno (2011) de Peter Meter y Barbara Yelin, pongamos por caso, cuenta la historia de Gesche Margarethe Gottfried, asesina en serie alemana conocida como “el ángel de la muerte” o “el ángel caído” de Bremen.

También en el mundo de la novela gráfica conocí obras a las que la creatividad de sus autores convirtió en acuciantes testimonios de momentos históricos desgarradores: verbigracia, el intento de exterminio de los judíos por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, vergonzosísimo episodio de la historia de la humanidad que, gracias, entre otros aportes contemporáneos, al ingenio de Art Spiegelman, las nuevas generaciones seguirán recordando como la infamia que fue. En su novela Maus (1986), haciendo de cada viñeta una declaración en contra del olvido y a favor de la memoria del mal —para que algo así jamás se repita—, este artista gráfico escenificó el suplicio que padecieron sus padres en los campos de concentración del Tercer Reich, caracterizando a los personajes como gatos y ratones.

Al ahondar en este género me sorprendió la existencia de obras en que las desviaciones amorosas y pasionales adquieren una representación visual mediante dibujos “explícitos” acompañados de textos abiertamente eróticos, como sucede en el caso de El clic (2015) de Milo Manara.

Las asignaturas que cursé a lo largo del programa de maestría avivaron, pues, mi curiosidad acerca de la forma en que la literatura representa los amores desviados, así como con respecto a la manera como crea personajes libertinos y espacios idóneos para la búsqueda del placer. Asimismo me ayudaron a comprender que la literatura es una potencia engendradora de cuerpos y que el lenguaje puede darles existencia a sujetos anómalos, perversos, monstruosos. Me condujeron, además, a entender la literatura misma como un “cuerpo” que se contagia de la virulencia de las historias narradas por ella, infundiéndoles vida mediante el verbo y la retórica —es decir, a través del estilo— a sentimientos y pasiones desviados.

Esto me llevó a formularme la siguiente pregunta —que constituye el eje de este libro—: ¿cómo produce la literatura, a través del lenguaje, cuerpos extremos y excesivos, desaforados y voluptuosos?

En un principio quise circunscribir mi investigación a la literatura inglesa, debido a la simpatía que siento por los escritores de dicha tradición literaria, insuperables, a mi modo de ver, en el desarrollo de sus personajes y en la verosimilitud que les dan a sus relatos: llevada de la mano por su pericia narrativa y descriptiva, la imaginación del lector viaja por diversos escenarios y participa de las conversaciones de los protagonistas gracias al dinamismo y el apasionamiento de unos diálogos que “secuestran” a quien los lee. Una importante parada de este recorrido fue El amante de Lady Chatterley (1828) de D. H. Lawrence, novela que a los méritos anteriores añade una meticulosa escogencia de las palabras, semejante a la forma en que un pintor selecciona los colores con que dará vida a un lienzo, para crear una atmósfera de voluptuosidad en que se tejen las relaciones interpersonales de los personajes.

Sin embargo, a medida que continuaba en mi pesquisa de las novelas que constituirían el corpus de mi tesis, fui accediendo a muchos libros que, tratando el tema de mi interés y aportando posturas, modelos y modalidades de relaciones personales “aberrantes” —vale decir, sádicas y masoquistas—, no eran de autores ingleses, razón por la cual decidí incorporar a dicho corpus obras de otros ámbitos lingüísticos y culturales.

Así pues, mi periplo por novelas de diferentes procedencias cronológicas y geográficas me permitió comprender que mi mayor interés residía en la relación entre cuerpo sexual y cuerpo textual, es decir en el hecho de que estos “monstruos” del deseo y el placer eran el resultado de operaciones verbales, estilísticas; en fin, literarias. De modo, pues, que terminé por elegir Las 120 jornadas de Sodoma ([1785] 1904) del marqués de Sade y La Venus de las pieles (1870) de Leopold von Sacher-Masoch para inaugurar mi investigación sobre cómo la lengua literaria se contagia de libertinaje y se convierte, ella misma, en un cuerpo extremo.

En el curso de mi investigación descubrí que hay en Francia una tradición literaria propiamente voluptuosa a la que pertenecen, además de Sade, autores como Guillaume Apollinaire, Pierre Choderlos de Laclos y Pauline Réage, quienes lograron, en sus novelas, no solo crear al monstruo sádico y masoquista sino también dotarlo de nuevos sentimientos y características.

Este hallazgo me impulsó a indagar en la tradición literaria de otros países, rastreando obras en que se representara este tipo de patologías sexuales, y comprobé que también había autores vinculados a este género —que quiero denominar “voluptuoso”— en otros países, como España y Estados Unidos.

Dirigí a continuación mi mirada hacia América Latina, pero hallé muy pocos autores que se dejaran seducir por las “torceduras” del deseo y me di cuenta de que, si bien hay que reconocer que, en estas tierras, cierta narrativa de finales del siglo xix y comienzos del siglo xx está marcada por escenas de perversión y adulterio, sus autores jamás llegan a presentar rasgos comunes con los de la literatura voluptuosa europea y norteamericana.

Entre la literatura latinoamericana más reciente solo encontré las novelas Un año sin amor(1998) del argentino Pablo Pérez y Balnearios de Etiopía (2010) del venezolano Javier Guerrero. Se trata de escritores que, si bien no son indiferentes al sadismo y al masoquismo —que constituyen, justamente, repito, los temas de mi interés—, en sus novelas profundizan más en las relaciones homosexuales. De todos modos, si bien no pude incluirlos en mi corpus, considero que es una investigación pendiente la de estudiar los relatos literarios latinoamericanos que resulten afines a los analizados en el presente trabajo.

Deseando contar con un corpus lo más exhaustivo posible para este trabajo, me pareció importante no limitarme a la prosa novelística convencional sino, literalmente, asomarme a la visualidad que adquieren estos amores voluptuosos en géneros artísticos como la novela gráfica, la pintura, el dibujo y la escultura en diversos ámbitos espaciotemporales. Con este objetivo en mente, elegí obras de los italianos Milo Manara y Guido Crepax, maestros reconocidos de esta narrativa gráfica, así como una galería de imágenes representativas de o alusivas a este tipo de relaciones sexuales-amorosas.

Una vez seleccionadas las obras por analizar, decidí que circunscribiría mi análisis al carácter verbal o literario de los amores sádicos y masoquistas, y me di a estudiar los textos teóricos que me proporcionarían las herramientas críticas necesarias para problematizar dichas obras tanto en su sustancia lingüística como en su dimensión social dentro del respectivo contexto histórico.

Así pues, en el capítulo 1 efectúo un breve recorrido por las manifestaciones de la crueldad, el sadismo y el masoquismo en diversas disciplinas del conocimiento y analizo cómo se los ha nombrado y concebido a lo largo de la historia.

Dedico, en seguida, el capítulo 2 a estudiar, a partir de dos textos fundacionales del género, cómo se creó en literatura el “monstruo” sádico y el masoquista.

En el capítulo 3 considero cómo, al nombrar los amores aberrados, la lengua literaria se contagia de desvío y se convierte ella misma en un cuerpo sin órganos, fundado en la intensidad y en el devenir. Este estudio me permite vislumbrar un conjunto de características literarias del género sádico-masoquista y comprender que todo un proyecto estético subyace a estas historias de placer en la crueldad.

Por último, en el capítulo 4, atestiguo la manera en que el monstruo sádico-masoquista ha desbordado la literatura y se ha expandido a géneros como la novela gráfica y las artes plásticas. Para ello compilo una suerte de “galería” —que quiero calificar de “voluptuosa”— de obras visuales de diversas épocas y culturas, cuyas imágenes dialogan con algunas de las obras literarias escudriñadas a lo largo del libro. Realizo este ejercicio con la finalidad de exponer, en cada una de sus “salas”, cómo el arte ha representado la voluptuosidad según las épocas y los lugares y producido diversos imaginarios del amor y sus excesos/desvíos.

La obra concluye con algunas conclusiones derivadas de este prolijo trabajo de investigación.


Nickinaihaus


Nickole Naihaus L

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