Cadáver exquisito - ¿Cómo nos conocimos?

Actualizado: abr 10


—¡Mami, mami…! —me dice Frida, mi pequeña de seis años.

—¡Dime, adorable princesa! —le digo sentándola en mis piernas.

—Helena, Selene y yo queremos saber cómo conociste a papá —me dice la pequeña con su dragón en los brazos mientras sus hermanas se sientan a nuestro alrededor.

—Es una historia muy emocionante. ¡O, más bien, escalofriante!… Y si se lo anuncio a las tres de antemano, es para evitar que, por no advertírselo, no lo esperen y a lo mejor se asusten más de la cuenta —le digo antes de comenzar mi relato.

”Todo comenzó en medio de una desastrosa cita a ciegas con un profesor de una prestigiosa universidad del país, durante un almuerzo que terminó de manera intempestiva…

—El amor nace de un flechazo; la amistad, del intercambio frecuente y prolongado.

“¿No podrá ser más soso mi interlocutor?”, me pregunto mirando al hombre con quien me ha emparejado una conocida con intenciones de que descarte mi soltería impenitente.

En primer lugar, el discurso que me está echando no es suyo: esto ya lo dijo Octavio Paz, aunque no recuerdo en dónde. Segundo: es la última vez que le hago caso a una amiga —¿o debo decir “conocida”?— acerca de tener una cita a ciegas con alguien; en este caso, dizque un profesor de historia. Menos mal fui precavida al decirle que, por favor nos citara en el Centro Histórico, no lejos del Capitolio. Sabia precaución que tomé no solo por si el encuentro terminaba siendo nefasto —¡como en efecto lo ha sido— sino también porque después yo debía volver a la IX Conferencia Panamericana.

—¿Helena? —se acerca desde la barra un hombre vestido con un gusto impecable, bastante apuesto él, alguien a quien no conozco pero que me resulta familiar; de hecho, siento que le he visto en alguna parte. Un hombre que busca mi atención como si me conociera.

—Disculpa, pero creo recordar… ¡No! Estoy seguro de que tu nombre no es Helena —me sopla mi aburrido interlocutor, de cuyo nombre no quiero acordarme.

La verdad, me es imposible no reconocer que me topé con alguien más aburrido que el general Marshall hablando de lo indispensable que es ayudar a Europa con alimentos y de cómo Latinoamérica se beneficiará de las compras que se hagan a raíz de ello.

—¡No puedo creer que nos hayamos encontrado en este encantador, clásico y exquisito lugar, y en medio de una coyuntura tan cargada de acontecimientos históricos como la que presenciamos en este momento! —dice el hombre apuesto señalando a algunos de los participantes de la conferencia, quienes, al parecer, se han congregado en este restaurante.

”Cuando terminó la última sesión, yo tenía todas las intenciones de invitarte a un pequeño almuerzo en alguno de los encantadores restaurantes de la zona histórica, pero en ese momento, lamentablemente, me abordaron dos comensales, y al desocuparme ya te habías ido.

Así que de ahí es de donde nos conocemos: ¡es el buenmozo que se ubica casi al final del Salón Elíptico! Lo recuerdo porque, además de vestir impecablemente, es de los pocos que miran con igual desconfianza ambas posturas, la del estudiante cubano de derecho Fidel Castro y la del general Marshall. Aunque, si he de ser sincera conmigo misma, he de reconocer que también me fijé en él por ser increíblemente apuesto, y debo admitir que ante él me siento esclava, no dueña, de mi deseo de conocer a alguien.

—Disculpe, caballero: creo que ha confundido a la hermosa dama que me acompaña con alguna mujer de su círculo social. ¡Ella no se llama Helena! —mete la cucharada mi tedioso interlocutor.

—Disculpe usted mi intromisión, señor. Vi aquí a mi compañera de mesa en la Conferencia Panamericana y no pude reprimir mi entusiasmo de venir a saludarla. Mi nombre es Alberto Fontanegra, delegado de…

No lo dejo terminar porque entiendo que vio mi rostro atormentado y decidió, gallardamente, lanzarme un salvavidas.

—¡Alberto, perdona! No te reconocía a contraluz. ¡Qué grato es encontrarte acá! —le digo poniéndome de pie para saludarlo.

—¿Cómo estás? —me pregunta, muy caballeroso, con una sonrisa cómplice que confirma mi presentimiento, mientras me indica que me vuelva a sentar, cosa que hago algo desanimada—. Me han dicho que el ajiaco de este restaurante es exquisito.

—¿Así que se conocen?… Nuestra conocida mutua, Marcela, no me dijo que te llamaras Helena, aunque una mujer tan hermosa como tú honra la tradición de tus tocayas: ¡no olvidemos que por una Helena ardió Troya!

Es imperdonable que hasta para cortejar o, al menos, elogiar a una mujer este profesor universitario también resulte soporífero.

—Es mi segundo nombre —miento mientras le aprieto la mano a mi héroe para que me ayude a salir de este atolladero.

—Me apena interrumpirlos, y aún más de manera indefinida, pero Helena y yo debemos discutir algunos temas referentes a la conferencia y a su distanciamiento de los puntos acordados en el Congreso Latinoamericano de Estudiantes… Y, claro, preferiría hacerlo a la hora del almuerzo; así nos evitamos una larga jornada —dice con semblante apesadumbrado como si de verdad se avergonzara de esta intromisión.

—¡Pero, pero…!

Mi “erudito” se queda sin argumentos.

—No sabes cuánto te agradecería disculparme y dejar que me reúna ya con mi compañero de la conferencia. ¡Me ahorrarías varias horas de desvelo!

En este momento veo por la ventana del restaurante que un hombre con un vestido muy gastado de paño marrón y rayas verticales pasa con notorio apresuramiento; me llaman la atención no solo lo ordinario de su traje sino también su barba de, al menos, dos días. Y es que su apariencia contrasta de manera chocante con la de los demás hombres que van por la calle y, más aún, con la de los que me rodean en el local donde nos encontramos.

—Me llena de pesar este acontecimiento, pues pocas veces en mi vida he disfrutado tanto de una conversación…

Me impresiona que el profesor ose llamar “conversación” a lo que realmente ha sido un monólogo al peor estilo de Shakespeare.

—A mí me pasa lo mismo, pero es mi deber y no puedo aplazarlo —le respondo lo más angustiada que puedo fingirme.

—Si es tu deber, sería muy egoísta de mi parte impedirte cumplirlo, Helena…

”Si lo desea usted, caballero, puede sentarse en mi puesto. Yo pedí precisamente el ajiaco que mencionó hace un momento —le dice mi cita a Alberto tratando de sonar airoso pero en realidad oyéndose afligido y no poco frustrado.

—¡No sabe usted cuánto se lo agradezco! Como le dijo el Libertador al coronel Juan José Rondón, ha salvado usted la patria…

—Claro que lo que en realidad le dijo fue “¡Salve usted la patria!” en medio de la batalla que le dio la independencia a Colombia —no puede dejar de puntualizar el apolillado historiador mientras se bate en lúgubre retirada.

El hombre apuesto está sentándose a la mesa cuando oímos tres disparos seguidos de un grito. Todo el restaurante se tira al suelo de inmediato, y el hombre encantador se lanza sobre mí para protegerme con su cuerpo.

—¡No te levantes! ¡Acaba de pasar algo terrible, algo que cambiará la vida de todos los presentes! —me susurra al oído.

—¿Qué?… ¿Qué pasó? —pregunto llena de miedo porque oigo gente corriendo afuera del restaurante, y muchos gritos y lo que parece una multitud alebrestada.

—Aparte de que conocí a mi futura esposa —me dice el galán con una sonrisa en el rostro, tratando de distraerme un poco del pavor que se ha apoderado del lugar—… ¡mataron a Gaitán!

—¿Cómo?… ¿Cómo sabes? Si es cierto, ¡nadie está a salvo! Ese hombre les dijo a los colombianos: ‘Si avanzo, seguidme. Si me detengo, empujadme. Si os traiciono, matadme. Si muero… ¡vengadme!’.

—Porque justamente mientras me estaba sentando en el puesto de tu arrullador acompañante alcancé a oír el grito de la multitud: “¡Hijueputa! ¡Mataron a Gaitán!”.

—Si es cierto, no estamos a salvo…

—¿O sea que conociste a papá en pleno Bogotazo? —me devuelve Helena, nuestra hija mayor, a un presente en que la más pequeña se está quedando dormida.

—En efecto, tu madre y yo nos conocimos en el Bogotazo. ¿O debo decir que justo en el momento en que comenzó el Bogotazo? —corrobora mi esposo.

—¡Pero, pero…!

Veo cómo se agolpan miles de preguntas en su rostro: no sabe por dónde comenzar.

—¿Cómo lograron sobrevivir? —pregunta Selene, nuestra segunda hija.

Su pregunta me devuelve al momento de los disparos, cuando estábamos tirados en el suelo del restaurante.

—¡Necesito que confíes en mí! —me dice con calma en medio del caos.

—¡Pero ni siquiera sabes mi nombre! —le digo tratando de mantener la compostura.

—Pero sí sé que eres la mujer más hermosa que haya visto, que no crees del todo en el Plan Marshall, que temes el desmedido intervencionismo de Estados Unidos y que… estás lejos de considerarte comunista. —Este último comentario me sorprende, por lo que arqueo una ceja interrogante—. Toda tu ropa es de diseñador —me dice como si de una conclusión completamente lógica se tratara, y no puedo menos que asentir—. También sé que quiero pasar el resto de mi vida, que espero sea muy larga, a tu lado. Por eso quiero protegernos y sacarnos de acá a salvo. ¿Cuento contigo?

—Me llamo Antonela —le digo dándole la mano.

—Aunque parezca imposible, nuestra mejor opción es imitar a la multitud y alejarnos del Capitolio —me dice Alberto ayudándome a ponerme de pie.

Evacuamos el restaurante con los demás clientes.

—¿Cómo?… ¿Y la conferencia? ¿Y mi trabajo? ¿Y mi antiguo acompañante? —le preguntó, congestionada con un millón de interrogantes.

El miedo trata de apoderarse de mi mente mientras nos acercamos a la salida y comenzamos a huir por la carrera Séptima.

—¡Tranquila Antonela! Mírame —me dice tomándome de la barbilla—. La conferencia lo más seguro es que haya que suspenderla o aplazarla. Apostaría la vida a que a todos los están evacuando del Capitolio. Tu acompañante, además de un somnífero, ha resultado también un cobarde: fue el primero en salir corriendo al sonar el primer disparo. ¿Y tu trabajo? Bueno, lamento ser descortés, pero en estas circunstancias… ¡francamente me tiene sin cuidado!

”Ahora, lo más importante para mí, para nosotros, es salir con vida. Escúchame bien: no importa lo que pase a nuestro alrededor por aterrador que parezca…

Justo en ese instante entiendo por qué Alberto me ha girado el rostro: por el rabillo del ojo alcanzo a ver ¿al hombre de la barba de dos días y traje ordinario?…, ¡sí, a él!, todo magullado…, ¿muerto?, ¡sí, muerto!, arrastrado casi desnudo por una multitud que clama justicia por toda la Séptima.

—¡Ay, por…!

No puedo seguir. Mis ojos se llenan de lágrimas.

—¡Antonela, mírame! —Lo miro—. Esto apenas comienza. La multitud pide justicia, ¡y no hay nada más peligroso que la masa humana! Por eso necesito que camines a paso decidido conmigo y que no vayas a soltarme la mano hasta que estemos a salvo.

Asiento a los que me dice, y continuamos nuestro camino.

—Disculpe, amable caballero: ¿a quién están arrastrando sin vida?, ¿adónde lo llevan? —le pregunta Alberto a alguno de los que estaban con nosotros en el restaurante y a quien reconozco de la conferencia.

—Es Juan Roa Sierra, el presunto asesino de Gaitán, y lo llevan al Capitolio —le contesta el interpelado.

—Entonces ¿es cierto? ¿Lo asesinaron?

—Dicen que le disparó tres veces y que a Gaitán lo llevaron moribundo a la Clínica Central… ¡Dios nos libre de lo que suceda si se muere!

Dicho esto, el caballero se despide antes de seguir su camino alejándose entre la multitud.

Alberto se voltea, se quita un anillo de una mano, coge una de las mías y me dice:

—¡Antonela, la mujer que me ha hecho esclavo de mis deseos! No sé si logremos salir vivos, pero tengo la certeza de que quiero morir como tu esposo. Por eso, en el peor lugar del mundo, en las circunstancias más aterradoras y con un anillo de poco valor… ¡te pido que me honres aceptando ser mi esposa y pasar conmigo lo mucho o poco que nos quede de vida!

—¿Le propusiste matrimonio a mamá en medio de semejante caos? —pregunta Helena, asombrada, trayéndome al presente.

—Sí, lo hice. ¿Qué mejor momento que cuando tu vida está en peligro para tomar una decisión que la cambiara para siempre?

—Mamá siempre dice que debemos actuar con cabeza fría —dice Selene.

—Ya, bueno… Pero es que yo había tomado la decisión mucho antes.

—¿Ah, sí? Y eso ¿cuándo? —le pregunto yo.

—Cuando interrumpí la cita mas aburridora de tu existencia —dice mi esposo tomando a Frida, nuestra hija menor, que está dormida en mis brazos.

—¡No tengo sueño! —protesta la pequeña batallando para abrir los ojos.

—Yo tampoco, pero es hora de dormir —le dice Alberto.

—¿Y cómo se pusieron a salvo? —pregunta Selene, intrigada.

—Esa es una historia para otro momento. —Al ver el sinsabor que les ha ocasionado mi respuesta, les digo a mis hijas—: Pero sí les puedo adelantar algo.

—¿Qué?… ¿Qué? —preguntan casi al unísono las dos.

—Que en medio del tenebroso recorrido desde la Séptima con Jiménez hasta nuestro refugio se hizo una promesa.

—¿Promesa? ¿Qué promesa? —me contestan las dos.

—Que si sobrevivíamos y teníamos una niña… ¡se llamaría Helena!

Foto: https://criminalia.es/asesino/juan-roa-sierra/

  1. Octavio Paz (31 de marzo de 1914 - 20 de abril de 1998)

  2. García Márquez, 2002, p. 339.

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Nickole Naihans L

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