Mi enemigo
- Nickole Naihaus L

- 11 ago 2025
- 7 Min. de lectura

—¿Ves a alguien? —me pregunta Joaquín.
—En la esquina del calabozo… creo que hay alguien. La luz que se filtra me permite reconocer que es una mujer, pero necesito bajar más para que me vea también.
—Ni pensarlo. —dice Joaquín, mientras intenta jalarme hacia afuera.
—¿Vinimos a rescatarlas o sólo a observar la crueldad con la que nos tratan? —digo, empujándome hacia el interior de los calabozos, pero calculo mal y caigo torpemente. Al golpearme contra el suelo, todo se vuelve negro, mientras oigo cómo Joaquín grita angustiado para saber si estoy bien.
Me despierta una ráfaga de viento frío. Abro los ojos con dificultad y, por alguna razón, ya no veo los rayos de luz que antes se filtraban a lo lejos. Trato de incorporarme, pero me cuesta, esta vida y la otra. Me he dado un golpe mortal, y todo mi cuerpo arde de dolor.
Logro sentarme, pero cada movimiento es un esfuerzo titánico, mientras la humedad se adhiere a mi piel. Cerca, puedo oír los roedores correteando entre las sombras. Sus chillidos se mezclan con el eco del agua que gotea desde las paredes, marcando un ritmo lento y torturante.

Veo a dos mujeres. Una de ellas tiembla en la esquina opuesta, respirando con dificultad, mientras sus labios comienzan a tornarse azules. En la otra esquina, observo a un joven que, aunque ahora está sucia, aún conserva vestigios de lo que era: la aprisionaron cuando llevaba un vestido blanco y su cabello estaba adornado con hermosas flores rosas.
Miro a mi alrededor y noto que estamos solas… no hay guardias cerca. Lo más inquietante de todo es que, por alguna razón, ya no estoy fuera del calabozo, sino dentro de uno de ellos. Aunque no sé si a esto se le debería llamar calabozo, porque lo único que hay son colchonetas mojadas en el suelo. Y nada más.
Quiero ayudarla, y recuerdo que, cuando salimos con Joaquín y los demás compañeros de lucha para auxiliarlas, llevaba dos chales puestos. Intento ponerme de pie, pero mis piernas no me responden, así que decido gatear hasta ella.
Cuando llego, puedo ver que tiene los brazos lacerados, heridos. Su ropa está empapada en sangre, y gran parte de ella ya se ha coagulado. Con cuidado, le cubro los hombros con uno de mis chales. Ella me mira con sorpresa y dice:
—Soy española — como si con eso quisiera dejar claro que no debería ayudarla.
—Eso debió pensarlo cuando se interpuso entre el látigo de sus compatriotas y la espalda de mi compañera de lucha. —Me mira con suspicacia y yo le digo. —El enemigo de mi enemigo es mi amigo.
Y en este juego de lealtades rotas y alianzas forzadas, descubrimos que incluso los enemigos pueden ser necesarios.
—No quería que la golpearan solo por rechazar la propuesta de matrimonio de Ruiz de Santa Cruz.
—¿Amigo suyo?
—¿Cree que, si fuera amigo mío, estaría aquí, encerrada con usted y con ella?
—Oh… también lo rechazó —pregunto, mientras mis ojos empiezan a buscar una salida.
—“Yo no me caso con tiranos”, creo que fue lo que dijo —parafrasea la española, señalando a Carlota.
—Pero ella no está aquí por culpa de esa propuesta.
—¿Cómo? —responden las dos, y al parecer, mi declaración las toma por sorpresa, porque logro llamar la atención de Carlota Armero, la mujer que lleva flores en el pelo.
—Si no es por rechazarlo, ¿de qué se me acusa? -Me pregunta Carlota.
—En realidad, está usted aquí por negarse a dar la información sobre el escondite de su tío, Patricio Armero. Se la acusa de ser cómplice de las intrigas bélicas de sus familiares… y de sedición ante los oficiales de Su Majestad. Lo que no entiendo es por qué terminé aquí dentro con ustedes, cuando se suponía que venía a liberarlas.
—Porque cuando cayó, alarmó a los guardias que estaban de turno, y bueno… creo que el resto podrá imaginarlo usted.
—¿Tenemos que ver cómo salimos de acá? —Interrumpo buscando una salida.
—Lo que debemos es mirar cómo la sacamos a usted de aquí —dice Carlota.
—Pero si he venido a rescatarla… bueno, ahora a las dos.
—¡Nuestra suerte estuvo echada cuando tomamos las decisiones que nos llevaron a donde estamos! Ahora debemos enfocarnos en sacarla a usted de aquí —dice la mujer española, antes de ser interrumpida por el sonido de pasos fuertes, como el retumbar de botas de varios hombres.
—Cuidado, se acercan los guardias y eso no augura nada bueno —afirma la española.
—Pero si todavía queda tiempo para que cumplan sus condenas —contesto, extrañada.
—Lo que es peor, significa que vienen con fines personales —dice Carlota.
—¿Personales? —pregunto, pero me veo silenciada por la mano de la española, quien me abraza con fuerza, tratando de protegerme de los intrusos.

Se acercan varios hombres. Al tenerlos casi enfrente, puedo ver que son dos guardias españoles y un hombre cuya cara está cubierta por un pañolón, pero algo en su postura me resulta familiar. ¿Será él? Mi corazón late más rápido mientras trato de enfocarme en su figura.
—¿Cuánto por las tres? —Dice en tono imperativo.
—Lamento informarle que sólo puedo venderle una.
—Pero quiero las tres —dice con acento español, con la intención de irse y dejar a los guardias solos en las celdas. Eso hace que mis ilusiones se desvanezcan casi al instante.
—Lo que pasa es que la joven con flores en el pelo... ella es Carlota Armero, la mujer que rechazó a mi general Bernate, y por eso sigue de cerca su encarcelamiento y próxima ejecución. Si queremos conservar nuestras cabezas, debemos llevarla hasta donde la espera su verdugo. Eso la hace invendible. Y nuestra española… bueno, ella se ha colocado donde no debía, en el momento que no debía. Por lo que morirá cuando no debía. —Le dice un soldado, deteniéndolo por el brazo para que no se arruine el trato.
—¿Está usted seguro de que la que queda es mujer?, está vestida como hombre. —le dice el hombre al soldado con desdén e incredulidad, mirándome de arriba abajo. Y en ese momento la española comienza a soltar su agarre, como si hubiera notado algo que yo desconozco.
—Si quiere, la desnudamos. Faltaría más que usted comprara sin ver el producto —dice, con la intención de abrir la celda. En ese momento, las dos mujeres forman un frente con el fin de impedir que se acerquen a mí.
—Que la quiero de mucama, no de dama de compañía. Así que no, no hace falta. Tome usted —dice, dándole unas monedas de oro. Desde donde me encuentro, se nota que son valiosas. Las mujeres se retiran, y una de ellas introduce algo en mi pantalón.
—Mire usted, para que vea que somos serios y quiera seguir comprando, la dejo por la mitad de precio. —Mis ojos se desvían hacia el suelo, incapaz de mantener la mirada ante semejante oferta. La situación se vuelve más surrealista con cada palabra que sale de su boca, como si estuviera atrapada en una pesadilla de la que no puedo despertar.
—No hace falta, no quiero que esté usted mal remunerado. Tómese un tempranillo con lo que le he dado, por favor.
Cuando abren la celda, me abalanzo sobre el español que me ha comprado. Pero antes de que pueda alcanzarlo, siento cómo alguien me golpea la cabeza, y todo se vuelve negro nuevamente.
Me despierto, mareada, sintiendo el ritmo del galope del caballo bajo mí. El viento frío me azota la cara, y noto que estoy cobijada dentro de unos brazos que me resultan familiares…. Me toma unos segundos recordar dónde estuve y darme cuenta de que no estoy segura con este hombre. Cuando intento golpearlo, el detiene el caballo y me dice:
—¡Soy yo, soy yo, Joaquín! ¿Crees que las mujeres te habrían dejado salir conmigo si no lo hubieran sabido?
—Pero, pero, tu acento y el dinero... el dinero, ¿de dónde sacaste tanto dinero?
—No te preocupes por eso.
—¿Cómo no me voy a preocupar? Era demasiado dinero para ignorarlo. —digo alarmada.
—Bueno, si te consuela, no todo era mío.
—¿Cómo?
—La española me gritó dónde tenía unos reales con los que pagar por tu liberación —me dice, y recuerdo que ella puso una carta en mi pantalón.
—¡Detente! —grito, y Joaquín me hace caso.
—No podemos detenernos por mucho tiempo —me advierte. Asiento, buscando lo que sentí que ella puso en mi pantalón. Es una nota, o eso parece. La desdoblo con cuidado y puedo ver que hay dos mensajes: al parecer, uno de Carlota y otro de ella.
Al principio, todo es confuso, pero conforme mis ojos siguen las palabras, una sensación extraña comienza a apoderarse de mí. La traición, el sacrificio, todo lo que esa carta implica… ¿y ahora qué? ¿Realmente puedo confiar en todo esto?
La desdoblo completamente, y puedo ver que hay dos mensajes: al parecer, uno de Carlota y otro de ella.
"Porque los amigos nacen incluso en los lugares más desesperados. Agradezco que se haya expuesto a una vida en prisión o a una muerte en el patíbulo por una española sin esperanza. Considere el dinero como un pago por el chal, por favor, no se arriesgue más. Tiene usted a un hombre dispuesto a morir por usted; prueba de ello es que, al caer, intentó rescatarla, pero con Carlota no lo permitimos. Le dijimos lo que debía hacer y le hicimos jurar que en nuestro honor la haría feliz, o al menos haría todo lo que estuviera en sus manos. Así que sólo me queda decirle que me llevo conmigo la lealtad y el abrazo de una amiga. Sea feliz."
—¿A dónde vamos?
—¿No dice la carta?
—No te lo estaría preguntando si lo dijera.
—Donde los enemigos de nuestros enemigos se encuentren y logremos no sólo vivir entre amigos, sino florecer en una lucha que nos pertenece y que apenas comienza.
—¿Juntos?
—Por supuesto. Nosotros somos como las tórtolas: nos hemos escogido como pareja y nos acompañaremos durante toda la vida.
Me quedo mirando la nota en mis manos, sintiendo el peso de todo lo que me ha llevado hasta aquí. Mi destino ya está sellado, y aunque el futuro es incierto, hay algo en mi corazón que me dice que, por fin, he encontrado una razón para seguir adelante.
Fin
Nickole Naihaus
Nickole Naihans
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P. D. Quiero aclarar que esta es una historia de ficción, producto de mi imaginación, y no pretende más que entretener al lector. Sin embargo, está inspirada en hechos históricos relacionados con la vida de Carlota Armero, una mujer valiente, de quien se sabe poco y quien murió muy jóven, a la edad de 18 años, durante el régimen del terror, fusilada en Mariquita, Tolima.






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