La belleza del Ballet
- Nickole Naihaus L

- hace 3 días
- 9 Min. de lectura

En una camilla de urgencias, con lo que pensó que era un tobillo fracturado, reflexiona sobre la ira, el dolor y la desilusión que ha sentido desde que vio esa entrevista por televisión. Toda la semana había tenido un humor de perros. No era tristeza exactamente, sino una especie de cansancio en el alma. Su pasión había sido reducida a una frase ligera, dicha por alguien que jamás había sentido el peso del sacrificio. Un hombre sin disciplina. Un actor ignorante del tiempo, de la constancia y de los años que el cuerpo entrega para que el arte exista.
Ella es bailarina. De hecho, estaba ensayando El lago de los cisnes para la nueva temporada en una de las compañías de mayor renombre de Nueva York cuando, por un descuido suyo, sufrió un accidente: uno que jamás había tenido en toda su carrera, ni siquiera cuando era una pequeña de coletas. Desde la cama se asoma a la pequeña ventana y ve que está lloviendo. Un clima taciturno, como su alma.
Aún guarda en la memoria el día en que su madre la llevó a su primera clase de Ballet: su falda de tutú, su moñita y una profesora extranjera de palabras enredadas que ejecutaba los movimientos con una mezcla de garbo, elegancia y precisión que parecía magia. Había pasado su vida contando compases, domando músculos, cayendo y levantándose antes de que el sol saliera. Había aprendido que el arte no nace del capricho, sino de la repetición infinita de un gesto hasta volverlo perfecto.

Y si alguien sabe de sacrificio es ella. Fiestas infantiles en los días de ensayo, pasteles y dulces que no podía comer porque podrían afectar su peso, pijamadas con amigas en otras casas… todas esas cosas las conoció de segunda mano, en películas o en libros adolescentes; porque siempre eligió el ballet. De hecho, aunque pudo haber hecho parte de la vida universitaria, sólo experimentó una pequeña parte de ella. Las fiestas, los bares, las escapadas con chicos… todo eso le fue ajeno, porque su compromiso con su vocación siempre estuvo primero. Recuerda con los dedos de una mano las veces que salió con hombres, los novios que tuvo. Y al pensar en su gran amor —el hombre a quien le dio el corazón para que terminara rompiéndoselo— unas lágrimas caen por su rostro.
Comenzó como un copo de nieve, abriendo el segundo acto de El cascanueces. Luego interpretó a la Reina de las Dríades en Don Quijote, aunque en silencio se aprendió el papel de Dulcinea y ensayó hasta que su pie se abrió y casi no logra presentarse en la obra. Cuando llegó el momento de subir de nivel, le delegaron ser la bailarina suplente de Nikiya en La bayadera, y amó interpretar al Hada de la Alegría en La bella durmiente. Paso a paso fue ascendiendo en la compañía y debe reconocer que disfrutó de cada función y de cada papel que interpretó. No sabría cómo describir la emoción que siente cuando se encienden las luces de los candelabros del lobby, cómo le late el corazón cada vez que se prueba su vestuario por primera vez para la función inaugural de la temporada. El montaje de cada escenografía, el olor de las flores en cada camerino después de que termina la función… son cosas que una persona que no ama lo que hace jamás podría comprender.
Debía ser el mejor día de su vida. Interpretaría a Odette, en la obra de la temporada. Todo por lo que había trabajado se estaba materializando: ser reconocida con el papel principal en El lago de los cisnes era el reflejo de todo lo que había logrado construir, una carrera de baile marcada por el éxito, las críticas y un público agradecido y elogioso. Sus padres estaban orgullosos de ella. Sus compañeros la felicitaron y la invitaron a una cena espectacular en su restaurante favorito. Y su novio… bueno, el hombre con el que soñaba construir una vida, no estaba a su lado. Cuando lo buscó y le llamó a su teléfono para contarle la noticia, no pudo encontrarlo. Ni siquiera estaba en el mismo continente.

Entra el doctor, seguido de un enfermero con una silla de ruedas.
—Señora Laurel, no me gusta verla por acá y usted lo sabe —le dice el médico con una sonrisa.
—Fue un descuido de mi parte.
—Algo que no es muy característico de usted.
—Así es, doctor… pero esta semana no ha sido la mejor.
—¿Por algo en particular?
—Si le digo, pensaría usted que soy una idiota.
—¿Por qué no me da la oportunidad de comprobarlo?
—He recibido un golpe en el corazón.
—¿Del caballero que siempre viene con usted?
—Doctor, hace usted parecer que me la paso en urgencias.
—Cuando no está bailando, creo que está aquí haciéndome visita.
—Es usted un exagerado.
—¿Le muestro su historia clínica? Tengo tres visitas por esguinces, dos por un pie roto, una por una uña que…
—Está bien, está bien. Pero es que el arte se forma con esfuerzo, poniéndole el alma, el corazón y el cuerpo a cada obra.
—Y puedo decir, como su médico, que no creo conocer a nadie que haya dejado más alma y cuerpo que usted. Y no lo digo sólo por su historia clínica, sino por la última obra que vi con mi esposa y mis hijas; todas salieron llorando, conmovidas con su actuación.
—Le agradezco. Sus palabras me reconfortan ahora que me encuentro sola y…
—¿Y el joven orgulloso que aplaudía en la primera fila con tanto entusiasmo que pensé que tendría que atenderlo en mi quirófano por una torcedura de muñeca?
—Pues ha desaparecido esta semana… justo esta semana en la que me han herido tanto.
—¿Puedo preguntar por qué?
—¿Por qué no ha desaparecido?
—No. ¿Por qué lo ha necesitado tanto?
—Porque siento que… algo se ha roto.
—¿Qué se ha roto?
—Algo en mí. Y lo peor es que todo ha sido por una frase banal, dicha con desprecio, sobre la ópera y el ballet. Como si siglos de belleza pudieran medirse con el precio de una entrada.
—¿Por lo que dijo ese actor ignorante dijo en esa infame entrevista? ¿Que a nadie le importan la ópera y el ballet?
Una vez repite lo que ha dicho ese hombre, sus ojos se llenan de lágrimas, por el estrés y la soledad que ha experimentado toda la semana, se abraza con la intención de controlar sus emociones, pero el médico que la ha tratado como acaba de decir, en más de una oportunidad, le dice:
—Creo que tengo el mejor remedio para esa tristeza que te amarga el alma… aunque no estoy seguro de que también cure el corazón.
—¿Cuál? —dice con ilusión, mientras se seca las lágrimas traicioneras que han caído por su rostro.
—Este camillero te escoltará hasta el parqueadero, donde te espera un auto de la compañía.
Laurel lo mira confundida.
—Hoy es tu gran día —continúa el médico—, y me alegra decirte que fue una falsa alarma. Estás en perfectas condiciones para presentarte esta noche.
—¿Puedo? —pregunta con ilusión, aunque sin ese brillo en los ojos que el médico siempre ha admirado en ella.
Ese detalle lo inquieta. Más que la lesión, le preocupa que Laurel haya perdido la perspectiva: puede que ese joven sea un ignorante, pero el mundo no lo es. No por nada los boletos para la ópera y el ballet —incluso cuando se transmiten en cine— son de los más costosos, codiciados y vendidos, muchas veces con meses de anticipación.
—Doctor, muchas gracias. Lamento que no pueda usted estar entre los asistentes —dice ella mientras toma su bolso y se acerca a la puerta con la intención de salir caminando.
—¿Qué tal si te sientas y te dejas consentir? —dice el médico, tomando la silla de ruedas y ofreciéndose a empujarla él mismo hasta la salida.
Al ver el gesto del galeno, la bailarina no puede hacer otra cosa que dejarse atender; así que se sienta y pone su bolso sobre las piernas.
El médico inicia el recorrido hasta la puerta. Una vez allí, le dice:
—Mucha suerte. Y espero verte brillar como la estrella que eres hoy.
—¿Irá a la función? Pensé que estaba de turno.
—Pero por supuesto que iré. ¿Olvidaste que me diste boletos en la primera fila para mi esposa y mis hijas?
—Entonces… —no se atreve a preguntar, porque recuerda que estaba en la sala de urgencias, así que opta por abrir la puerta del auto de la compañía y entrar.
—Estoy acá porque tú estás acá. La enfermera me llamó tan pronto te vio entrar —le dice, cerrando la puerta del auto. El cual arranca casi de inmediato hacia el teatro.
Llegó justo a tiempo para la función. El auto la dejó en la parte de atrás, lejos de la alfombra roja y de los seguidores. Apenas abre la puerta, los maquillistas la reciben con una sonrisa.
—Qué alegría ver que estás de nuevo con nosotros —le dice la peluquera.
—Esta será tu gran noche —añade una maquillista, mientras caminan juntas hasta los camerinos.
Cuando va a entrar a su vestier, una maquillista le bloquea el paso.
—No, no… —dice, un poco apenada, sin saber qué explicación darle.
—No tenemos tiempo —interviene otra, saliendo al rescate de su compañera, mientras todas comienzan a ayudarla a vestirse.
Desde donde está, Laurel ve a sus compañeros de baile acercarse al escenario. Ellos, como es de esperarse, ya están listos para comenzar el primer acto. Todos la saludan con cariño mientras le dan la privacidad necesaria para terminar de prepararse.
Las mujeres no tardan mucho en arreglarla.
Una vez se pone su leotardo, pintado a mano, lágrimas de emoción amenazan con salir, pero una maquillista se lo prohíbe.
—¡Ah, no! Eso sí que no. Ya estamos terminando y no estoy como para trabajar doble —le dice mientras la abraza con emoción.
Laurel siempre ha sido amable y noble. En cada función, en cada temporada, llevaba algún detalle para todo el equipo en señal de agradecimiento. Incluso con sus competidoras siempre fue generosa: cuando la bailarina que terminó quedándose con el papel principal el año pasado se resfrió, en vez de aprovecharse de su debilidad, Laurel se ofreció a cuidarla.
Todos la quieren por su nobleza y humildad.
—Ya estás lista… aunque, para ser justa, hace mucho que estabas preparada —le dice la vestuarista, orgullosa de su amiga.
Laurel se alista y entra al escenario con sus compañeros.
Escucha cómo el director de orquesta se presenta y, en ese momento, algo inesperado sucede.
Entra el director de coreografía y les dice, con una emoción nunca antes vista:
—Debemos… debemos…
Tiene la voz entrecortada de emoción. Llama a todo el equipo —como dicta el protocolo al final de la función—, pero esta vez llama incluso a los chicos de utilería y les pide que se formen frente al escenario.

Todos están confundidos. Nadie entiende qué está pasando. Hasta que se abre el telón… Y todos comienzan a llorar de emoción.
El teatro no solo está lleno, sino que los asistentes sostienen pequeños letreros hechos con elegancia que dicen: “A nosotros sí nos importa” y “Yo soy los 14 centavos de audiencia que has perdido”.
Es una alusión a aquella infame entrevista en la que el actor, mientras promocionaba una película de ping-pong, dijo:
“No quiero estar trabajando en el ballet o la ópera, donde dicen: ‘ey, mantengamos esto vivo incluso aunque ya no le importe a nadie’”.
Todos se emocionan al ver los palcos llenos. Todo el teatro está de pie.
La ovación dura más de cinco minutos. Todos se abrazan y, justo cuando Laurel piensa que van a retomar la función, un hombre que creía desaparecido aparece con un hermoso ramo de rosas negras —en alusión a su obra— y una pequeña cajita.
—¿Pensaste que no me importaba? —le dice mientras se arrodilla.
Laurel comienza a llorar mientras recibe la cajita que el hombre que ama le ofrece. Sus compañeros de escena, los maquillistas y todo el equipo forman un semicírculo alrededor de ellos.
Dentro hay un hermoso solitario y una pequeña nota que dice:
Quiero hacer parte del ballet, porque tú me importas.
Laurel lo mira a los ojos mientras lo escucha decir:
—Me importas. Te amo. Y yo sí quiero mantener vivo esto que, como puedes ver, a muchos nos importa.
Hace una pausa antes de continuar:
—¿Me harías el honor de dejarme hacer parte de tus sueños, tus pasiones, tus amores… y de tu vida?
—Sí… sí, sí quiero.
En ese momento, la directora de orquesta grita:
—¡Dijo que sí!
Todos ríen, porque ya se imaginaban la respuesta al ver a los enamorados abrazarse.
Y con ese abrazo, el telón cae…
Y comienza una nueva función para los enamorados y para todos los que saben que el ballet y la ópera siguen vivos en el corazón de quienes los aman.
FIN
Nickinaihaus
Nickole Naihaus
Nickole Naihans
En memoria de mi amiga Laurel.
Espero que estés en el cielo, jugando con algún Tamagotchi y sonriendo como siempre.
Extrañaré nuestros viernes de “Tits and Sparkles”. La verdad es que te extrañaré muchísimo.
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P. D. Quiero aclarar que esta es una historia de ficción, producto de mi imaginación, y no pretende más que entretener al lector.





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