Sables de Poder
- Nickole Naihaus L

- 20 ene
- 8 Min. de lectura

Acá, en Disney Springs, en la tienda más hermosa del mundo para mí, entre Ewoks y criaturas maravillosas de otras galaxias —como mascotas empacadas con magia—, baby Yodas de todos los tamaños, camisetas, capas, morrales, pines y memorabilia de mi saga favorita, encontré un rincón mágico. Uno cargado de luces, colores, sustancias extrañas y todos los elementos necesarios para crear mi sable de poder.

Decir que he recorrido un largo camino es quedarse corto. Porque para llegar hasta acá, a este momento preciso, de pie frente al mostrador, eligiendo pieza por pieza, tuve que atravesar más de un imperio, una galaxia y más de un macho alfa de lo que parecen ser al menos diez especies intergalácticas; además de sobrevivir al contraataque de más de otro. Y mientras mis manos dudan, prueban y deciden, entiendo algo simple y enorme a la vez: no estoy forjando un arma, me estoy recordando a mí misma que sigo en pie.
Porque este año tuve que soportar 26 citas a ciegas, y digo soportar porque, lastimosamente, no pude disfrutar ninguna de ellas. Pero no me juzguen todavía; en un segundo entenderán mi sufrimiento. En la primera cita, el hombre me preguntó sobre mis gustos y recuerdo que, sentado como modelo de ropa interior en un sofá, me dijo:
—¿Una mujer adulta como tú tiene algo que disfrutar?
Entendiendo que era una primera cita y con la intención de no dejar morir la conversación, con aquel hombre intolerante a la sal, al picante, a las especias y, básicamente, a todo lo que le da gusto a la comida, contesté con honestidad que me encantaba Star Wars. En ese momento, el hombre dio por terminada la velada.
Como soy una mujer perseverante, no dejé que una mala experiencia opacara mi deseo de conocer a alguien especial con quien compartir mi vida, por lo que luego salí con un hombre que, con orgullo, me dijo:
—Yo en mi vida me he terminado un libro. Comienzo un libro y es que me aburro.
Luego se rió irónicamente y terminó su monólogo diciendo:
—Aún no puedo creer que seas de esas mujeres que leen.
En otra cita, me prohibieron comer papitas con mi hamburguesa porque ya era lo suficientemente curvilínea y una caloría así podía hacerme ver gorda. Y no puedo cerrar este viacrucis de citas con hombres desconocidos, sin mencionar al hombre que dividió hasta el servicio, con una calculadora diminuta que guardaba en el bolsillo de su camisa, como si el amor también pudiera medirse en decimales.
Cuando ya estaba a punto de darme por vencida, me dejé enredar por mis amigas del colegio y la universidad y acepté una secuencia casi interminable de almuerzos y cenas con sus conocidos. Ahí confirmé que tal vez no soy tan buena amiga, porque cada sujeto resultó un poco más bizarro que el anterior. Hubo un almuerzo con un hombre que parecía licántropo por los pelos en el cuello, las orejas y… bueno, supe que era humano por la ausencia de ellos en la cabeza. Luego vino un café acompañado de una torta sin gluten, sin azúcar, sin mantequilla y sin ningún deseo de ser comida; no hace falta decir que, además de engordar, me regaló un dolor de estómago de otra galaxia.
Al final, también me arriesgué con encuentros entre amigos y colegas, pero al parecer el amor de mi vida seguirá siendo Han Solo. Para quienes no estén familiarizadas con la película —sí, el actor es Harrison Ford—, interpreta a un contrabandista que es contratado por el antiguo jedi¹ Obi-Wan Kenobi para llevarlo hasta Alderaan. Perseguido por una deuda con el malvado Jabba, acepta a los pasajeros a bordo de su nave, el Halcón Milenario, y, por una serie de giros del destino, termina uniéndose a la Alianza Rebelde contra el Imperio Galáctico, dominado por Darth Vader y el Emperador Palpatine.
Y es que ¿cómo no enamorarse de este hombre alto, guerrero, con sentido del romance, del amor y de las palabras hermosas? Jajaja… La verdad es que es imposible olvidar la respuesta a la declaración de amor de la Princesa Leia, breve, sentida y cargada de todo lo que importa. Lo sé. Eso fue exactamente lo que dijo. Ella le confiesa que lo ama y él responde… lo sé. Tal vez sea culpa de ese hombre que mi príncipe azul se ha demorado… o tal vez simplemente estoy esperando a alguien que no me pida encogerme para quererme.
Creo que, luego de este pequeño recuento, pueden entender el viacrucis vivido y la emoción que siento al tener frente a mí los cristales mágicos con los que crearé mi sable. No elijo al azar: cierro los ojos y dejo que la Fuerza haga su parte. El azul habla de lealtad y calma, el verde de equilibrio y paciencia, el violeta de quienes han caminado cerca de la oscuridad sin perderse en ella. Paso de largo el rojo; ya he sobrevivido suficiente rabia como para cargarla de nuevo.
Justo cuando he tomado la decisión y comienzan a ensamblar mi sable, siento una presencia cerca de mí. Algo roza mis piernas y, al bajar la mirada, descubro que se trata de una criatura maravillosa, empacada de forma tan realista y dentro de una caja diseñada para hacer sentir a quien la compra que, en realidad, no está adquiriendo un objeto, sino adoptando a un ser de otro planeta.
La mujer que me está atendiendo se sonroja y deja lo que está haciendo —nada más y nada menos que mi sable de poder— para atender a quienes sea que estén trayendo a esa hermosa criatura.
—Permíteme, te ayudo. Es mi criatura favorita —dice, antes de dejar caer mi sable de poder, lo que hace que se desensamble y que los cristales se rieguen, algo que no sé por qué razón alcanza a entristecerme.
Cuando voy a acercarme a recogerlo, siento que me rozan unos brazos fuertes y algo peludos, seguidos de un hombre alto, apuesto y, por lo que veo, muy preocupado por mi sable de poder, que recoge con cuidado y eficiencia.
—¿Pero qué estás haciendo? Este no es solo un sable, es el sueño de una persona convertido en un arma de poder —le dice a la dependiente mientras recoge con cuidado lo que cayó sobre el mostrador.
—No te preocupes, ya recuperamos lo que se ha perdido —me dice luego, con una sonrisa que me llega directo al corazón.
Es un hombre que, además de llevar una camisa con el afiche de la película El Imperio contraataca, es alto, de ojos verdes y con una sonrisa de comercial de dentífrico. Debo admitir que su atractivo me dejó pasmada por más de unos minutos, algo que él interpreta como tristeza por mi sable.
—Mira, si quieres lo hacemos de nuevo. Sin querer estuve mirando con curiosidad cómo lo estabas construyendo, y ver tu emoción y tu pasión hizo que no quisiera perderme ni un detalle, así que estoy seguro de que podemos recrearlo tal como lo habías soñado.
En ese momento, un chico que cree ser muy astuto intenta robar la mascota a quien podría ser mi futuro esposo, pero no ha contado con mi rapidez. Al notar que se acerca, tomo la criatura por el mango y la coloco entre mis piernas.
—Que no se nos pierda nuestra mascota —digo con una sonrisa.
Él me sonríe de vuelta al ver que he rescatado su inversión y me dice:
—Me encanta que defiendas nuestra mascota. Ahora sí, si quieres, podemos hacer tu sable.
Al escucharlo hablar en plural, se me calienta el corazón y se me congelan las palabras en la boca, por lo que mi futuro Han Solo malinterpreta mi silencio como una señal de que prefiero estar sola mientras disfruto de la experiencia:
—O, si es una experiencia personal, puedo esperar a que la mujer me atienda luego de que haga tu sable —me dice, contrariado.
—Oh, no, no —respondo—. Es que hablaste en plural y… bueno, sonó muy lindo. Por favor, de hecho, me gustaría tu opinión para hacer mi sable; se nota que sabes mucho de la saga.
—Será un honor —me dice, mientras me ofrece su brazo para acompañarme al aparador de cristales y repasar cada uno de ellos.

Charlamos un rato, mientras la mujer me mira con un deseo silencioso de ahorcarme con el pensamiento, como Darth Vader hizo con Ozzel en el Episodio V. Una vez hemos escogido los elementos para crear no solo mi sable de poder soñado, sino también el suyo —que, curiosamente, hace juego con el mío—, el extraño, que se llama Luke (sí, como Luke Skywalker), me dice:
—No sé si vives en Orlando o estás de visita.
—De hecho, estoy de visita.
—Yo también. Mañana iré a Hollywood Studios a visitar las nuevas secciones del parque dedicadas a Star Wars. No sé si te gustaría…
—Me encantaría —respondo.
Solo entonces me doy cuenta de que me he precipitado y que, en realidad, no sabía aún qué era exactamente lo que me iba a proponer.
—Disculpa, como mi madre, tiendo a interrumpir a las personas. Me estabas preguntando si me gustaría…
—No te disculpes —me dice—. La verdad es que a mí también me gustaría compartir cualquier cosa contigo. Me alegra compartir no solo el amor por la saga, sino también el entusiasmo por pasar nuestro tiempo juntos. ¿Te gustaría visitar el parque juntos?
Que me invite a visitar el parque con él me entusiasma, pero me entristece que sea un plan para mañana. Recordando la audacia de mi héroe favorito, no, no le voy a decir que ya lo sabía… sino que voy a ser valiente:
—Claro que me gustaría, pero ¿sabes qué me gustaría más? Cenar en alguno de los restaurantes de Disney y seguir conociéndote, claro… si no tienes planes.
—No, no tengo —responde—. Déjame pagar nuestros sables y nuestra mascota, y vamos a buscar algo para comer.
—No es necesario —le digo, deteniéndolo antes de que pague mi sable.
—Pero sí será memorable, y es algo que me gustaría regalarte, como símbolo de lo que sea que la Fuerza está creando —me dice con una sonrisa.
Yo dejo que me invite a un sable. ¿Podría haber algo más romántico?
La mujer que dejó caer mi sable factura todo y Luke paga nuestras cosas. Mientras me entrega el sable, me dice:
—Te ves absolutamente hermosa. Formas parte de las nubes —citando la frase que Lando le dice a Leia.
Yo le doy un beso en la mejilla y le respondo:
—Eres exactamente como te recuerdo en mis sueños —citando la frase que Anakin le dice a Padmé.
Cojo mi sable y, cuando levanto la mirada, lo veo ofreciéndome su mano para que salgamos tomados de la mano.
Entro a esa tienda llena de magia como una mujer esperanzada, aunque cansada del amor, y salgo como parte de una pareja que la Fuerza ha formado: con cariño, con ilusión y con una profunda pasión por la ciencia ficción. Dos personas que se han encontrado gracias al destino y a la honestidad con la que abrazan sus gustos, sus intereses y su amor por Star Wars.
Camino de la mano de mi propio Luke, con la seguridad de que la Fuerza nos acompañará en nuestro camino.
Fin
Nickole Naihaus
Nickole Naihans
nickinaihaus
Más sobre la autora:
¹ Un guardián místico y guerrero de la paz en el universo de Star Wars.
P. D. P. D. Quiero aclarar que esta es una historia de ficción, producto de mi imaginación, y que no pretende más que entretener al lector, inspirada en mi amor por los Ewoks y Star Wars. Las fotografías han sido creadas y tomadas por mí.
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Sables de poder es un cuento que no nos habla solo encontrar un amor, sino encontrar el amor por uno mismo y vivir feliz con lo que se tiene, no hay que esperar nada de nadie ni hacer las cosas que los demás quieren, es hacer lo que nos hace feliz a nosotras mismas