Tertulia del Buen Gusto
- Nickole Naihaus L
- hace 5 horas
- 5 Min. de lectura

Es el día de San Valentín.
Bueno, en realidad es la tarde-noche de San Valentín, pero para nuestros propósitos es la fecha ideal: no solo para intercambiar ideas estimulantes, revolucionarias, liberadoras e independentistas, sino también para una agenda secreta que guardo en esta ocasión. He invitado a figuras tan distinguidas como el hombre de ciencia Humboldt, y también a un hombre en particular… uno que estoy segura moldeará el destino de nuestro país y, si la fortuna me acompaña, el de una mujer soltera extraordinaria.
Todo está organizado al detalle: las tarjetas con los nombres de cada invitado y su lugar en cada silla; los libros que habrán de discutirse; la comida que acompañará los tragos, los puros y las ideas.
María Manuela Sanz revisa desde lejos que no solo lo social se encuentre en orden, sino también su gabinete de historia natural, formado y clasificado por ella misma, dispuesto con perfección para las conversaciones con el barón Alexander von Humboldt.
—¿Puedo preguntarte qué tanto repasas y por qué estás tan nerviosa? No es la primera vez que invitas a un extranjero ilustre —dice Francisco Javier Sanz de Santamaría.
—Exageras —responde Manuela a su marido.
—No, no lo hago. Con estos ojos he visto —y veo— cómo en las noches nuestro salón se llena con los literatos de Santa Fe y cómo, gracias a ti, pasan la velada entretenidos en ejercicios de ingenio. De hecho, con el tiempo, nuestros hijos, Tomasa y José Ángel, se han unido también a esas reuniones.

Ella le mira de reojo, orgullosa de su legado.
En sus reuniones se abordan temas científicos, literarios y políticos; sin embargo, algunas veces —como hoy— el rumbo cambia. Hoy no hablarán de asuntos prohibidos por la Corona española. Hoy se reunirán en secreto para tratar el tema más espinoso, difícil y conflictivo que ha debido enfrentar.
—María, ¿me estás prestando atención? Mira que en todos los años que llevamos juntos nunca te había aburrido hasta el punto de ignorarme —dice su esposo entre risas y una falsa indignación.
—Francisco, pero mira que eres majadero. Claro que no te estoy prestando atención. Ya sabes lo importante que es para mí que todo esté perfecto.
Los anfitriones se ven interrumpidos por la llegada del primer invitado. No podría ser otro que el barón Alexander von Humboldt, quien acude a visitarla acompañado de algunos amigos que le han hablado largamente de su talento.
Doña Manuela lo recibe con todas aquellas atenciones que son de suponerse. La conversación, por supuesto, comienza en torno a las ciencias naturales, momento en el que la anfitriona y literata se luce… algo que incluso la sorprende, pues no deja de inquietarla la ausencia de sus dos invitados principales.
—¿Puedes decirme a quién esperamos con tanta impaciencia? —pregunta su esposo, en un instante en que los demás se hallan distraídos.
—¿Pero qué me preguntas?
—Si fuera un hombre celoso, estaría bastante inquieto por tu manera de vigilar la puerta. Ahora bien, puedes seguir eludiendo mi pregunta y lograr que me enoje un poco o…
—Francisco, no me amenaces —responde ella, intentando desviar la conversación.
—¿Me permites parafrasear a la mujer más inteligente que conozco?
Ella alza una ceja y escucha.
—Tu intuición es tu mejor aliada… y la mía me dice que estás esperando a alguien que aún no ha llegado. Puedes rendirte y dejarme ayudarte, o seguir maniobrando sola y arriesgarte a que alguien más note que no se trata de tu invitado principal.
—Invitados —corrige ella en voz baja.
Al ver entrar a su prima Francisca Prieto, respira con algo más de tranquilidad.
Él, al comprender las intenciones de su mujer, se levanta alarmado.
—Oh, no… eso sí que no.
—Pues tú preguntaste. Ahora eres parte del plan.
—María Manuela, no creo que esto sea una buena idea.
—Ay, Francisco, no te me acobardes ahora.
—Pero si su pretendiente aún no ha llegado.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque sigues mirando la puerta.
—Y por eso sé que, en efecto… su futuro esposo ya llegó.
Cuando su marido ve llegar a Camilo Torres, abre los ojos con sorpresa y casi se atraganta con el café.
—¿Has perdido la cabeza? —le dice, aún sobresaltado.
—Primero, no subas la voz. Y segundo… ¿por qué no? Es abogado, intelectual y político.
—Te olvidas de que encabeza el movimiento de independencia de la Nueva Granada.
—Por eso es perfecto para ella —responde, con una ilusión en los ojos que siempre ha sido su debilidad.
Por esa misma razón, como tantas otras veces, decide apoyar a su mujer en sus planes. Entonces, alzando la voz para dirigirse a los invitados de su esposa, dice:
—Barón, ¿ha tenido usted ocasión de ver el gabinete de historia natural?
—Lamento mucho decir que no.
—Entonces me parece el mejor momento. Manuela, ¿por qué no le presentas sus objetos al barón y a sus amigos?
—Será un placer…
Al ver que Camilo Torres y Francisca se disponen a seguirlos, ambos exclaman al mismo tiempo:
—¡No!
Los dos quedan petrificados ante la negativa.
Pero su esposo, más astuto de lo que aparenta, interviene con naturalidad:
—Doctor Torres, hace poco Francisca me comentaba que había escuchado sus últimos discursos y que tenía algunas preguntas…
Ante el halago apenas insinuado, el hombre, intrigado por aquella mujer que ha atendido a sus palabras, le ofrece el brazo. El problema es que Francisca es tan tímida que no sabe muy bien cómo actuar; por ello, una mujer de servicio, conocedora de las intenciones de su patrona, la ayuda discretamente y la impulsa en dirección del abogado.
Pero, al parecer, el jurista sufre del mismo mal y queda petrificado ante el roce de la joven. Por fortuna, Cupido estaba de turno y María Manuela recibe ayuda de quien menos lo esperaba:

—Doctor Torres, creo que Cupido le está llamando… y, si yo fuera usted, me dejaría flechar por esta hermosa joven.
Es justo en ese momento cuando comienza a sonar la música, algo poco característico de las tertulias; pero, como a buen entendedor pocas palabras bastan, el barón, en un esfuerzo por ayudar a su anfitriona, toma la iniciativa y, con un gesto de galantería, la invita a bailar la pieza.
Gesto que pronto imitan los demás invitados, incluidos el político y la prima de la anfitriona.
—Señora Sanz, no la creía a usted una mujer imprudente —le dice el barón.
—Disculpe, pero es que… —no sabe qué responder; haber sido descubierta en flagrancia la hace sonrojar.
—Tranquila, su secreto está a salvo conmigo. Solo le pido un favor.
—¿Cuál?
—Que me invite a su boda —responde con una sonrisa, mientras señala hacia la biblioteca, donde permanecen los dos jóvenes.
Al volver la mirada, ella descubre a Camilo mostrándole algunos libros de la colección a su prima, quien lo observa embelesada, mientras el jurista habla con pasión de algún asunto.
Nadie en aquel salón podía saber cuánto dolor, cuánta gloria y cuánta memoria aguardaban a los nombres que esa noche apenas comenzaban a pronunciarse juntos.
Pero la historia —caprichosa y silenciosa— suele empezar así: con una conversación entre libros,
con una música que no estaba prevista, con dos manos que se rozan sin comprender todavía que el tiempo ya las ha elegido.
Y aunque el porvenir habría de ser incierto, aquella noche quedó a salvo en el único lugar donde nada se pierde:
la memoria secreta del amor.
Fin.
Nickinaihaus
Nickole Naihaus
Nickole Naihans
Fe de erratas: En mi cuento Entrevista con Manuelita confundí a dos mujeres distintas que comparten el mismo nombre. Fue un error mío, nacido quizá del entusiasmo por acercarme a la historia y a sus voces.
Este nuevo relato es mi manera de pedir disculpas… y también de reparar, desde la literatura, esa confusión. Porque entendí que no todas las Manuelas son la misma, y que cada una merece su propia historia, su propio tiempo y su propia forma de ser recordada.
Gracias por leerme incluso en mis equivocaciones.
A veces, escribir también es aprender a mirar mejor.
Más sobre la autora:
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P. D. Quiero aclarar que esta es una historia de ficción, producto de mi imaginación, y no pretende más que entretener al lector.


