El campanario


Como todo los domingos al mediodía día, mi madre y yo vamos camino a la iglesia a escuchar la misa del medio día. Desde pequeña recuerdo cómo mi ella nos arreglaba a mis hermanos y a mi con nuestras mejores ropas, para ir a la cita semanal en la iglesia del pueblo, también recuerdo que desde que tengo uso de razón, mi madre aprovecha el camino de la casa al santuario para recordar un episodio que ha marcado su vida y que la ha amargado desde entonces: - En la puerta de la iglesia, hace 25 años, a las doce del medio día, Edna estaba vestida de rojo, yo tenía puesto un precioso vestido rosal...

- Cuando ella te robo el amor de Armando, el hombre de tu vida, porque Armando escogió cortejar a mi tía Edna... -Mi madre me interrumpe.

- No fue culpa de Armando, fue Edna quien utilizó sus artimañas para quedarse con él.

- No pudo ser màs bien, que mi tío Armando se enamoró perdidamente de mi tía y por eso renunció a ser el amor de tu vida. - Le respondo por primera vez a mi madre.

- No seas impertinente. -Me reprende con rabia.

- Madre déjeme decirte que todavía no lo he sido, pero si me permites quiero serlo ahora, porque siempre he deseado preguntarte: si Armando era el amor de tu vida, ¿mi papá era el segundo en la línea de espera y nosotros los premios de consolación? -Mi pregunta la deja sin habla y aunque puedo confirmar que ahora sí he sido impertinente, sentí que era el momento para que alguien pusiera a mi mamá en sus sitio.

Han pasado más de 50 años desde que Armando conoció a mi tía en el campanario de la iglesia, y cuentan quienes estaban presentes que, con sólo una mirada a mi tía Edna él quedó embelesado con su encantadora presencia, prueba de esto son los siete hijos que tuvieron juntos y los años que pasaron juntos antes de que mi tío Armando muriera.

Según el relato de mi madre, ella estaba vestida de rosado, lo cual para mí, fue el primer error en su contra, porque este es un color que no nos favorece a las dos, debido a nuestra contextura gruesa, si les soy sincera no importa cual sea la prenda, una falda, un pantalón o un vestido, porque siempre terminamos pareciéndonos a una vaca con falda rosada o a un cerdito con falda. En cambio mi tía llevaba un estilizado vestido azul, esto lo puedo confirmar, porque de pequeña la vi alguna vez con tan citado vestido y aunque era muy chica, recuerdo que estábamos saliendo con mi mamá y mis hermanos de la misa de medio día cuando Edna, de la mano de dos de sus siete hijos nos saludo con cariño.


Aunque no se dejen creer, si mi mamá es resentida, mi tía no se queda atrás, pues aún pelea con sus doce hermanos por la herencia de mi difunto abuelo, de hecho la última vez que vi a mi tía Edna, fue cuando mi madre la invitó a nuestra casa, para al parecer soltarle todo el veneno que tenía dentro desde hace 50 años, cuando yo llegue, mi prima estaba pálida como un fantasma y lo único que pudo decirme fue:


- Patricia no puedo creer que dos mujeres adultas, de hecho ya mayores se guarden tanto rencor.

- Pero... ¿qué paso? -Le dije realmente inquieta, porque aunque la quiero con todo el corazón, conozco el veneno de mi madre y sé, que debió decirleshh alguna barbaridad a las dos.

- No tiene sentido repetirlo. Madre nos vamos y es la última vez que venimos a visitar a Marcela. -Dijo mi prima indignada.

- Pero ¿por qué? -Le dije apenada.

- Porque mi tía Marcela no nos quiere en su casa, así nos lo ha hecho saber. -Me dijo antes de irse. Y aunque la veo a veces en un cafecito cerca de la plaza, no ha regresado a ver a mi madre y se rehusa a llevar a mi tía Edna y no puedo culparla por no hacerlo.


Pero volviendo al episodio del campanario, es muy triste decirlo pero, mi mamá parece no haber podido olvidar a mi tío, pese a que han pasado más de cinco décadas. Tiempo en el que nacieron trece hijos, siete por el lado de mi tía Edna y seis del lado de mi madre, y al hecho de que mi mamá estuvo al lado de mi padre hasta el día en el que murió. Debo decirles un secreto, cada vez que mi madre me contaba la historia del campanario, yo me imaginaba un final diferente, con personajes menos resentidos, más sanos de corazón y mucho más enamorados:



Algunas veces imaginaba que un honorable caballero de la armada, un extranjero encantador interrumpía el encuentro, recogiendo un pañuelo que mi madre había dejado caer, la saludaba y le decía lo hermosa que era, conquistando con su acento y hermosa apariencia el corazón de mi madre. Otras pensaba en un médico extranjero quien interrumpía el encuentro, distraía a mi tía y la enamoraba con una frase encantadora, mientras mi tío se enamoraba perdidamente de mi madre. En cada historia un hombre extranjero encantador salvaba del rencor a las dos mujeres, lo imaginaba extranjero porque vivimos en un pueblo pequeño en donde todos nos conocemos. Una pena que mi encantador, el caballero de la armada o el médico extranjero, no llegaron a conocer a alguna de las dos mujeres, ¿dónde estará ese hombre encantador que debía conocer alguna de las dos mujeres?.


Mientras reflexionaba sobre todo esto, me he perdido el regaño de mi madre, quien además de impertinente me ha recordado todos los sacreficios que hizo por cada uno de mis hermanos y por mí. Veo como se aleja con la cabeza erguida, señal de que la he herido en su ego. Antes de ingresar a la iglesia puedo oír el campanario que anuncia la misa del medio día, la impresión hace que deje caer mi pañuelo al suelo y cuando me agacho para recogerlo, puedo ver las manos de un hombre entregándome el pañuelo, levanto mi cabeza y veo un extranjero de ojos azules, de sonrisa encantadora y uniforme de la armada, decirme:

- Una pañuelo muy bonito para adornar a una hermosa mujer. -Le oigo con acento extranjero. Y entiendo que ese hombre encantador con el que más de una vez soñé, estaba esperando conocerme en la entrada del campanario, para enamorarme a mí y pasar su vida a mi lado.


Nickole Naihaus L

Nickole Naihans L

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