top of page

Amor entre llamas


Me despierto tosiendo. Intento abrir los ojos, pero el humo no me deja ver. Sin entender aún qué está ocurriendo, me incorporo con dificultad sobre el colchón húmedo que, en esta fortaleza, pretende pasar por una lujosa cama. Busco a mi compañera de celda, pero no está cerca.


—¿Victoria? ¿Victoria? —grito, o al menos lo intento, esperando que mi voz logre alcanzarla y que ella me responda.


Me arrodillo sobre el piso húmedo y frío para buscarla. A tientas, con torpeza y ganándome más de un raspón, recorro la celda de esquina en esquina. Pero no la encuentro. Me acerco entonces a los barrotes y veo a los españoles correr de un lado a otro, intentando conseguir agua, sofocar las llamas y, al final, huir del fuego.


Mientras el caos se apodera de la prisión, unas mujeres llaman mi atención: las presas de la celda de enfrente, que me hacen señas para que me siente en el suelo.


—Mantente abajo. Si te quedas cerca del piso, será más difícil que el humo te ahogue —me dice una de ellas.


A su lado, su compañera rasga la falda, empapa el trozo de tela con el agua sucia de los charcos que cubren el piso de la cárcel y, con enorme dificultad a causa del humo, el fuego y la distancia entre su reja y la mía, consigue hacérmelo llegar entre los barrotes.


—Toma, tápate la boca —me dice una de ellas—. Quizá así puedas respirar un poco mejor.


Obedezco más por desesperación que por entendimiento. No sé por qué cubrirme la boca con un trapo mojado habría de ayudar, pero en medio del humo, el ardor y el caos, cualquier pequeño alivio parece un milagro.


—¿Sabes qué está pasando? —pregunto con dificultad. El humo se vuelve cada vez más espeso y, para empeorar las cosas, el fuego comienza a calentar también el piso.



—Parece que unos piratas han tomado la fortaleza —me dice una de ellas mientras intenta abrir su celda.


—Unos muy apuestos —añade la otra, sin dejar de forcejear con los barrotes.


—¿Apuestos? -Preguntó confundida.


—Pues son fornidos, altos, de brazos musculosos y tatuados, además de poseer una fuerza como nunca antes había visto.


—¿Y cómo sabes eso? —le pregunta su compañera de celda.


—Cuando llegaron, fueron capaces de lanzar las botellas con fuego desde lejos, y eso sólo se consigue con fuerza.

Mientras la mujer describe a los piratas, acude a mi memoria un hombre de mi niñez: alto, fornido, marcado por tatuajes y cicatrices, alguien que una vez prometió protegerme para siempre. Un hombre hecho de puertos, mareas y despedidas. Uno que, cuando los españoles intentaron violentar a las mujeres que les parecían bellas, junto con los suyos nos puso a salvo y frustró sus intenciones.


Pero entonces oigo a alguien toser con estrépito cerca de mí y recuerdo que aún no he encontrado a mi compañera de celda.


—¿Y Victoria? —les pregunto.


La respuesta es una seguidilla de risas. Miro a mi alrededor: todas estamos tratando de liberarnos, mientras ellas se burlan de mí.


—Fue la primera en salir —contestan, sin interrumpir su tarea.


—¿Salir? —repito, confundida. Por un instante creo que mi celda también ha quedado abierta, pero no es así.


—Como estaba tan flaca, logró deslizarse entre los barrotes. -Me dice la mujer que me pasó el pañuelo.


—¿Y me dejó acá?


Las dos me miran con condescendencia, y no puedo culparlas: si Victoria no está conmigo en esta celda, es porque me dejó atrás.


—¿De verdad te creíste eso? —dice la mujer de la celda a mi izquierda—. Victoria salía con uno de los españoles. Apenas comenzó el fuego, él vino a buscarla.


—¿Lo conoció mientras estábamos encerradas? —pregunto.


—Lamento ser yo quien te lo diga, pero fue ella quien te entregó. Les dijo cuándo y dónde estarías el día de las manifestaciones, cuál sería tu ruta de escape y…


Un ataque de tos la interrumpe antes de que pueda terminar.


La revelación me golpea, pero verlas forcejear con sus celdas me empuja a intentarlo también. Es inútil. Los barrotes de hierro y el concreto —hecho, estoy segura, con los huesos de mis compatriotas— convierten este cuarto en una tumba impenetrable para una mujer como yo. Y digo como yo porque, aunque los españoles se jactaban de que nadie podría entrar en esta fortaleza, los criollos y los esclavos nunca tuvimos oportunidad alguna… y, sin embargo, los piratas sí parecen haberla tenido.


—¿Pudiste encontrar cómo salir? —me preguntan mis vecinas.


—No, los barrotes… —No puedo continuar, porque me da un ataque de tos que parece no tener fin.


—Creo que vamos a morir, o ahogadas o quemadas —dice una mujer de la celda contigua, con esa tristeza resignada que la ha caracterizado desde que nos apresaron por protestar contra el aumento de los ya incontables impuestos desproporcionados de los españoles.


Ahora que lo pienso, ella estaba con Victoria el día en que nos apresaron. La miro con acusación, y ella, como si presintiera que el final está cerca, acaba por confesar:


—Victoria me pidió que la acompañara. Me dijo que, como su novio era español, nada nos ocurriría.


Habla con resignación, como si el encierro, la tortura, los vejámenes y esta desgracia que ahora nos consume fueran el destino natural de gente como nosotras. Pertenece a esa clase de personas que contemplan la tragedia desde la cómoda cobardía del fatalista.


Yo no. Desde el inicio de este régimen he sabido que sólo puedo contar conmigo para salvarme, que la única que jamás me fallará seré yo. Aunque, en este instante, eso sirva de muy poco. Agotada por el esfuerzo, el calor y el humo, decido recostarme.


Entonces recuerdo al hombre que prometió estar a mi lado cuando lo necesitara. El pirata que juró volver por mí; el que me dio la cadena que aún llevo conmigo a cambio de una orquídea que yo había dibujado en mis cuadernos; el hombre que prometió que, si todavía lo quería cuando fuera mayor, se casaría conmigo.


Me pesan los años en que creí que vendría: cuando murieron mis padres, cuando mi hermano se enlistó en el ejército…


Empiezo a divagar. Al parecer moriré sola, en una celda, en una fortaleza española en medio de mi propia ciudad, rodeada de mar y consumida por el fuego y el humo.



—Podrías dejar el melodrama para otro día —dice una voz grave, masculina, una que conocí hace mucho y que, estoy segura, solo puede ser producto de mi imaginación—. Me he tomado demasiadas molestias para evitar que murieras hoy… o mañana en el patíbulo.


Ahora lo veo frente a mí. Siento que las fuerzas me abandonan y, con un último suspiro, alcanzo a ver el rostro del hombre del que me enamoré cuando aún era una niña.


Después, nada.


—Princesa de los mares, no te me mueras ahora que al fin he vuelto por ti. Saben el mar y mis hombres que te esperé… paciente, muy paciente.


Abro los ojos con esfuerzo. El humo me raspa la garganta y el mundo se mueve a nuestro alrededor mientras él me carga escaleras arriba.


—¿Fuiste tú quien incendió la fortaleza? —pregunto, intentando recuperar el aliento.


Él sonríe apenas, como si el fuego, los gritos y la muerte fueran poca cosa.


—Por ti, reina del mar, haría lo que fuera… incluso prender la primera chispa.


Mi corazón se detiene un instante.


—¿Y mis compañeras?


—A salvo —responde, sin dejar de avanzar—. Todas, menos una… y su novio traidor.


Trago saliva.


—¿Qué hiciste?


Sus ojos se oscurecen.


—Justicia.


La palabra cae entre nosotros.


Quiero preguntarle más, exigirle una explicación, reclamarle los años, las ausencias, las promesas que creí rotas. Pero el humo me roba el aire y el cuerpo me recuerda que apenas sigo viva.


Entonces llevo la mano a mi cuello y toco la cadena.


Él baja la mirada hacia ella.


—La conservaste.


—Creí que era lo único que me quedaba de ti.


Su expresión cambia. Por primera vez desde que apareció entre el fuego, el pirata parece herido.


—No —dice, apretándome contra su pecho—. También me tenías a mí. Aunque creyeras que tardaba demasiado, yo sólo esperaba a que llegara el día en que pudiera volver por ti… y cumplir nuestra promesa.


Mi pirata rebusca en el bolsillo de su chaqueta y saca algo pequeño, se ve marchito, protegido entre un pedazo de tela. Una orquídea.


No está fresca como la que hice siendo niña, sino gastada por el tiempo, quebradiza, sobreviviente.


Me quedo sin aliento.


—La conservaste… —susurro.


—Me prometiste una flor y yo te prometí volver —dice, poniéndola en mi mano—. Ningún mar, guerra o infierno me haría romper ese juramento.


Y, por alguna razón, entre el humo, el fuego y sus brazos, entiendo que el hombre que una vez me prometió volver… ha cumplido. Y ha vuelto para quedarse.



Fin


P. D. Quiero aclarar que esta es una historia de ficción, producto de mi imaginación, y no pretende más que entretener al lector.





 
 
 

Comentarios


Puerta de entrada a un mundo romántico:

©2020 por nickinaihaus. Nickole Naihaus/ Nickole Naihans L.

bottom of page