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Amor vaquero


Abro los ojos con cuidado, lentamente, limpiándome la cara con las manos, pero lo único que veo es el polvo de la arena de rodeo donde he caído de nalgas. Todo por culpa de la nube de tierra que el caballo levantó antes de derribarme. Trato de recordar cómo fue que terminé cayéndome del potro. Juraría haber hecho todo al pie de la letra: cepillé su pelaje, limpié sus cascos y coloqué cada parte del equipo con cuidado; los protectores, el sudadero, la montura y la brida.



—Recuerda, Beatriz, que el proceso de ensillado generalmente se realiza desde el lado izquierdo del animal. Eso evita asustarlo y garantiza tu seguridad. —me dice el hombre más amable, compasivo, tierno, detallista y apuesto que he conocido.


El mismo hombre que me dio la bienvenida al rancho el día en que mi madre, con la intención de darme un mejor futuro, me dejó al cuidado de su hermano mayor: mi tío favorito. Aunque, si soy sincera, también el más estricto y trabajador del mundo.


—¿Es decir que primero debemos consentirlo y luego lo montamos?—le respondo con una sonrisa, observando cómo coloca el equipo sobre el caballo.

—¿De dónde crees que salió el dicho de que al caballo primero se le acaricia para montarlo? —dice divertido—. Pero, hablando en serio, piensa en él como un compañero de vida. Será tu mejor amigo, tu confidente y tu cómplice en cada aventura. Será una parte de ti… y tu tío lo eligió especialmente para ti.

—¿Cómo que lo eligió especialmente para mí? —pregunto con curiosidad mientras acaricio a mi caballo.

—Recorrimos varios estados, cientos de establos y criaderos de caballos. Tu tío contrató al mejor entrenador que pudo encontrar y, después de varios meses, dimos con esta hermosa yegua para ti.


Pienso en cómo comenzó mi vida en este hermoso rancho: entre montañas, paisajes interminables, animales majestuosos, atardeceres dorados… y vaqueros. En los dormitorios de las mujeres, junto a los establos. Levantándome antes de que saliera el sol, bañándome con agua fría, limpiando establos, alimentando caballos y convirtiéndome en una más entre los trabajadores; sin privilegios, sin tratos especiales, aprendiendo todo desde cero.


Y, en medio de todo eso, descubrí un cariño que creí ausente, pero que, al parecer, siempre había estado ahí, en los pequeños detalles. En el jefe del rancho, convertido también en mi maestro, tratándome con delicadeza. Firme, sí, pero siempre con una consideración que, ahora que lo pienso, jamás mostró hacia nadie más. Mi comida favorita esperándome por las noches. La ropa cómoda, pero femenina. Y ahora mi yegua, Júpiter, con su pelaje suave y un color dorado.


Mientras reflexiono sobre el cariño de mi tío, apenas presto atención a las instrucciones que Juan continúa dándome, algo que sé que probablemente lamentaré después. En cambio, termino observando cómo sus dedos rozan las botas que me regaló hace unos días, a juego con un hermoso sombrero adornado con una cinta rosa.


Y ahora creo haber llegado al “después” que tanto temía, porque tengo la certeza de que omití alguna de las instrucciones que Juan me dio aquel día. Esa debe ser la razón por la que terminé de nalgas en la arena de rodeo.

Intento recordar si subí por el lado equivocado del caballo, si ajusté mal la montura, la cincha, la brida o incluso la embocadura. Según mi memoria, hice todo bien. Y aun así terminé de nalgas en el suelo.


Intento recomponerme mientras rescato lo poco que queda de mi orgullo, pero mi cuerpo se niega a responder. Espero oír las risas de la gente, especialmente las de los otros vaqueros, pero lo único que escucho es silencio. Uno extraño. Poco común en un rancho como este, donde comencé a trabajar hace apenas unas semanas. Pienso en la vez que caí dentro del abrevadero de los caballos y todos se rieron cuando salí empapada de pies a cabeza. Luego recuerdo cuando me resbalé intentando llevar toda la comida en un solo viaje con la carreta; aquella vez también se rieron de mí.


La constante siempre había sido la risa. Pero ahora no hay ninguna. Todo lo contrario: hay un silencio sepulcral. Y comienzo a preguntarme si la caída fue tan horrible que nadie puede sentir otra cosa más que pena por mí.


Trato de ponerme en pie por segunda vez, pero las rodillas no me responden. Cuando intento apoyar los pies en el suelo, un cosquilleo me recorre las piernas, como si hubieran dejado de pertenecerme por unos segundos.

—Ajustaste mal la montura —oigo decir a Juan.

—¿Cómo? —pregunto confundida mientras lo veo ponerse de cuclillas para ayudarme.

—Te estabas preguntando qué habías hecho mal, así que sólo respondí tu pregunta. Ahora que resolvimos el punto uno, debemos pasar al punto dos —dice con una pequeña sonrisa.

—¿Punto dos? —pregunto confundida, como si mi humillación en la arena de rodeo hubiera venido acompañada de un listado oficial de pendientes.

—Debemos ponerte de pie. -Me dice acercándose a mi.

—Creo que eso es importante. -Digo apenada.


Una pequeña sonrisa aparece en su rostro antes de volver a hablar.

—Debes impulsarte con las manos primero… desde las nalgas —me dice, con la paciencia que siempre lo caracteriza.

—¿Por qué nadie se ríe? —pregunto, mirando alrededor.

Y entonces la oigo.

La primera risa desde que el caballo me tumbó proviene del apuesto vaquero que, aunque probablemente ya se sobreentienda, es quien me ha enseñado todo lo que sé: limpiar los graneros, ensillar los caballos, alimentar a los animales y, según creíamos ambos, montar a caballo… aunque, por lo visto, eso último no salió muy bien.


—Porque si alguien se ríe, lo mato. —dice mientras se acerca aun más y comienza a levantarme, colocando sus brazos debajo de mis hombros.

—No es muy romántico —le digo, ya sentada sobre mis doloridas nalgas.

—¿Que los mate? —pregunta confundido.

—La forma en la que me levantas del suelo.

Mi comentario lo hace reír.

—Tampoco fue muy elegante la forma en la que te caíste. —dice mientras intenta ponerme de pie, pero mis piernas siguen sin responder.

—Vamos, te he visto correr detrás de una ternera durante más de diez minutos. -Me dice, recordando mis primeros días en el rancho.

Fue durante mi segunda semana en el rancho. Sin querer, dejé abierta la puerta del corral y la muy traicionera —que siempre permanecía cerca de mí porque yo había cuidado de ella desde que perdió a su madre a manos de los lobos— salió corriendo como alma que lleva el diablo, alejándose de la manada de vacas.

—Está bien, te he visto hacer yoga antes de que salga el sol, cuando todo sigue oscuro.

Su comentario me sorprende, porque pensé que hacía eso mientras todos dormían. En ese momento agradezco a mi buen juicio haberlo hecho siempre con ropa.

—Claro, pero normalmente no lo hago después de ser tumbada por una yegua terca —le digo entre risas.

—Al parecer tienes un pero a cada comentario, a ver que me dices después de esto. Has cargado más bultos de heno que cualquier vaquero del rancho.

—¿De verdad?.

—¿Te sorprende? —pregunta confundido, casi incrédulo.

Y entonces me doy cuenta de que, de todas las cosas que acaba de decir, decidí concentrarme precisamente en la menos importante.

—No sabía que era la que más había cargado bultos de heno. —respondo con rapidez.

—Beatriz, eres la vaquera más trabajadora del rancho. Te has ganado el respeto de todos con tu integridad, entrega y trabajo duro.

—¿El tuyo incluido? —Pregunto con verdadera curiosidad.

—El mío incluido. Ahora, volviendo a lo que nos ocupa… esto no es nada. Aprieta las nalgas, soporta tu peso en los brazos y pon las manos sobre mis hombros.

O una versión un poquito más cinematográfica:

—Si querías que te abrazara, debiste decirlo desde el comienzo.

Y, otra vez, mi comentario lo hace reír.

—Espero que, cuando te pongamos de pie, sigas teniendo el mismo sentido del humor —dice mirándome con cierta picardía.

—¿Por qué lo dices?

Entonces me levanta del suelo y un dolor brutal me atraviesa de lado a lado.

—Por eso mismo. Vamos, vaquera, no te desmayes.

Y, aunque siento que estoy a punto de morir, su comentario consigue indignarme.

—Primero muerta antes que desmayada, ¿me oyes?

—Por cosas como esas es que no puedo dejar de pensar en ti…

—¿Me estás pidiendo una cita?

Él sonríe apenas.

—Vaquera, tengo citas contigo todas las noches.

—¿Cómo? —le pregunto confundida, tratando de entender qué quiso decir con eso.

—¿Crees que todos en el rancho comen tu comida favorita cada noche. —Lo miro sorprendida y, poco a poco, comienzo a atar cabos. Las cenas juntos mientras el resto del rancho seguía trabajando, los pícnics después de largas jornadas, las caminatas al atardecer… siempre solos.

—¿Las preparas tú? —Apenas hago la pregunta, me arrepiento. Qué cosa tan idiota acabo de decir.

—No se hace sola. Y antes de que hagas otra pregunta igual de obvia, fue tu tío quien me contó cuál era tu comida favorita.

No necesita decir nada más. Lo abrazo y lo beso con todo mi corazón.

Él ríe contra mis labios.

—¿Y eso a qué se debe?

—Te he marcado, vaquero. Ahora eres mío.

Él niega con una sonrisa.

—Beatriz, no seas tonta. Fui tuyo desde el primer fin de semana que te quedaste con nosotros… desde el día en que te vi hablando con tu yegua después de cargar tú sola todos los bultos de heno.

Y entonces vuelve a besarme.

Un beso que me hace entender que no soy la única que marcó su corazón.

Porque, sin darme cuenta, él también marcó el mío y para siempre y de alguna forma un poco más allá.



Fin


Nickole Naihaus

Nickole Naihans

Nickinaihaus


P. D. Quiero aclarar que esta es una historia de ficción, producto de mi imaginación, y no pretende más que entretener al lector.





 
 
 

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