top of page

Argollas Fantasma

9 ago
6 min de lectura

La casa siempre cruje.


Cada noche, sin falta, como si de una cita se tratara, desde las dos hasta las cuatro de la madrugada, se escuchan pisadas que comienzan en la planta baja, suben por las escaleras de madera, recorren los pasillos, entran en las habitaciones y terminan en la habitación principal.


Uno.

Dos.

Tres.


Los peldaños crujen bajo un peso que nadie puede ver. Después se oyen los cajones moverse, como si alguien buscara algo; como si un alma en pena recorriera la casa, noche tras noche, tratando de encontrar aquello que perdió. Pero nadie ha podido descifrar qué busca. Ni el cura del pueblo. Ni el Ejército. Y mucho menos los inquilinos.


Lo triste es que es una casa preciosa. La promesa de un amor colonial que no pudo ser. La ilusión de unos recién casados que, debido a la guerra, al sueño de un país mejor y de una independencia que no solo era necesaria, sino indispensable para construir un futuro prometedor, vieron truncados no solo sus sueños, sino también el futuro que aquella casa guardaba para ellos.


Desde lejos parece una casa sencilla, con techos negros, paredes blancas y pequeñas ventanas. Pero, a medida que los visitantes se acercan, descubren una hermosa entrada rodeada de flores. A cada lado se levantan columnas cubiertas por enredaderas floridas, como novios eternamente unidos, en honor al amor que la construyó.

Cada rincón de la casa fue concebido con amor, con la ilusión de un futuro que, hasta ahora, la casa no ha podido cumplir.


Cuando el novio decidió unirse a las fuerzas de las Provincias Unidas, inspirado por los ideales defendidos por Camilo Torres, ella comprendió que aquella lucha también era suya. Por eso, en honor a la promesa realizada en esa misma casa y sellada con unas argollas obtenidas de sus compañeros indígenas de lucha, decidió unirse a su compañero y partir a combatir contra los españoles por una libertad soñada.


Se despidió de su casa prometiendo regresar para construir en ella la vida que ambos habían imaginado. Recorrió los cuartos de la planta superior pensando en los hijos que algún día correrían por ellos, llenándolos de risas; pasó por la cocina imaginándose junto a sus amigas, preparando los platos que serviría a su esposo y a quienes los acompañaran; caminó por el pórtico pensando en los cuentos y anécdotas que compartirían cuando todo hubiera terminado, cuando pudieran recordar cómo habían alcanzado la victoria gracias a ella, al esfuerzo de sus amigos y a los extraordinarios combatientes que lucharían a su lado.


Después cerró la puerta, tomó la mano que su marido le ofrecía y, cargada de ilusiones, subió al carruaje que la llevaría hacia el primer tramo de su destino.


Estaba convencida de que volvería a abrirla después de haber superado la lucha.


Después de todo, aquella era la promesa que ambos llevaban grabada:


Juntos en cada lucha, hasta que la muerte nos separe.


Pero, como siempre, la vida y, en particular, el destino tienen otros planes. Los esposos debieron enfrentar la derrota y el repliegue de los patriotas durante la Reconquista. Junto con otros compatriotas sufrieron un triste final, aunque, como lo habían prometido, permanecieron juntos hasta el último momento.


Cerca de ochenta de ellos fueron ajusticiados y, tras su muerte, conducidos por la Cofradía de la Santa Vera-Cruz para recibir sepultura en una fosa común de su iglesia.


Mientras tanto, la casa los esperó pacientemente. Recibió a los padres de los novios, desolados por una pérdida que parecía imposible de aceptar. Después comenzaron las visitas nocturnas, aquellas que inquietaron a cualquier residente que intentara habitarla; a todo aquel que llegara con sus maletas y sus propios sueños, pretendiendo, sin saberlo, reemplazar aquellos que habían quedado sellados para siempre por quienes ahora debían ser recordados como mártires de la patria.


La casa estaba desolada. La pintura comenzaba a oscurecerse a causa de nuevos habitantes de otra especie: los hongos. Las flores estaban siendo asfixiadas por la maleza y las habitaciones, con sus muebles, su decoración, sus objetos y cada pequeño significado que en ellos habitaba, comenzaron a oxidarse y a llenarse de polvo, mientras los sueños empezaban a transformarse en pesadillas.


Sin importar lo que hiciera la casa para desanimar a sus visitantes, ya fuera conservar el calor del día entre sus paredes o volver sofocantes las habitaciones, ellos —o mejor, ella— no se rendía y traía consigo un frío de ultratumba.


En medio de su desesperación, llenó las habitaciones de insectos. Pero lo que no sabía era que ellos no se sienten atraídos por la sangre fría. O, quizá, deberíamos decir: por aquellos a quienes la sangre ya no les circula. Estaba desesperada. Ya no sabía qué más hacer.


Sus visitantes nocturnos ahuyentaban a cualquiera que quisiera construir la vida que, alguna vez, le habían prometido que se desarrollaría en su interior. La gente del pueblo llegó a decir que en aquella casa habitaban las plagas de Egipto; otros aseguraban que sus paredes sangraban. Nadie quería dormir en sus habitaciones, cocinar en su cocina ni recorrer sus pasillos. Y, lo que era peor, la casa comenzaba a comprender que jamás vería una familia llenarla de recuerdos y felicidad.


Le estaban robando su misión.


Y lo único que la casa tenía claro era que no quería convertirse en la casa embrujada del pueblo. Había sido construida con amor, y le dolía que la gente solo hablara de los ruidos que hacía, del frío que se apoderaba de ella durante las noches, de la niebla que la cubría mientras la madera crujía, los cajones se abrían, los objetos de la cocina cambiaban de lugar y los inquilinos salían corriendo.


Ese no era su propósito.


Para eso no había sido creada.


Así que, desde lo más profundo de su anhelo, llamó a su padre: aquel que le había dado vida con su trabajo y el de sus amigos; quien había comprado el terreno y, siguiendo la ilusión de su mujer, la había construido.


Fue entonces cuando, en medio de la noche y armado de paciencia, su padre decidió esperar a la visitante. Se sentó sobre la cama, frente al chifonier, y aguardó en silencio. A las dos de la madrugada, la madera comenzó a crujir.


Uno.

Dos.

Tres.


Y, por primera vez en muchos años, la casa recibió aquella visita con una sonrisa, porque sabía que esta vez no estaba sola. Su padre esperaba al visitante.


Sentado en la cama, enfrente del chifonier, y con una sonrisa en la casa recibió a la visitante.


—¿Puedo saber qué se te ha perdido? Sabe Dios que ya es hora de que descansemos en paz —le dijo a su mujer, que, como cada vez que la sorprendía en medio de alguna travesura, puso cara de yo no fui.


—¿Cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?... Lo último que recuerdo es que nos atraparon. Me pediste que corriera, pero ¿cómo habría podido hacerlo sabiendo que tú te quedabas atrás? ¿Cómo pudiste siquiera pensarlo?... Las lágrimas se le atragantaron en la garganta. En ese momento sintió cómo unos brazos fuertes la rodeaban y la reconfortaban.


—Porque prefería morir solo antes que permitir que me acompañaras hacia un final que era claramente desolador.


—Nos lo habíamos prometido. Juntos en cada lucha, hasta que la muerte nos separe —le dijo, suspirando con tristeza por todo lo que habían soñado, por la vida que no pudieron construir y por ese amor al que la guerra le había robado el futuro.


—Y así lo cumplimos. De hecho, por lo que veo, ni siquiera la muerte ha podido separarnos —respondió él con una sonrisa.


Ella lo abrazó y permanecieron así durante un rato, disfrutando de aquel reencuentro imposible, hasta que él notó que su mujer seguía buscando algo con la mirada.

No pudo dejarlo pasar.


—¿Puedo saber qué vienes a buscar todas las noches?

Ella bajó la mirada, avergonzada.


—Las argollas… Las perdí.


Su marido se rio, porque incluso después de la muerte su mujer seguía siendo exactamente eso: su mujer. Alguien que valoraba los detalles, el esfuerzo y que atesoraba los momentos en pequeños objetos, incluso después de haber dejado atrás la vida.


Con algo de tristeza por abandonar los brazos de su esposa, se acercó a una tabla frente al chifonier. La atravesó y, utilizando ese poder que solo quienes ya no están saben que existe, sacó las argollas.


Ella se emocionó al verlo arrodillarse, exactamente como lo había hecho la primera vez. Las lágrimas, ahora de alegría, comenzaron a recorrerle el rostro mientras escuchaba a su esposo repetir los mismos votos de hacía más de una década.



—¿Me harías el honor de ser mi compañera de viajes y de luchas, sabiendo ahora que ni siquiera la muerte podrá separarnos?


—Sí. Mil y una veces, sí —respondió ella.


Entonces se arrodilló frente a él y lo besó.


—Ahora creo que es momento de darle a esta casa la oportunidad de albergar, a través de otros, el amor y los sueños que nosotros no pudimos cumplir.


—¿Y nosotros?


—Nosotros estaremos juntos siempre. No solo en la vida ni en la muerte, sino en la eternidad.


Y, con aquellas palabras, algo parecido a cientos de pequeñas luces de esperanza recorrió la casa como fuegos artificiales. Sus paredes recuperaron el resplandor, las habitaciones volvieron a sentirse cálidas y cada rincón pareció recordar las bendiciones que acompañan a las cosas hechas con amor.


Desde aquella noche dejó de ser conocida como la casa embrujada del pueblo.


Se convirtió, por fin, en el hogar de la felicidad de más de una familia.



Fin


Nickinaihaus

Nickole Naihaus

Nickole Naihans


P. D. Quiero aclarar que esta es una historia de ficción, producto de mi imaginación, y no pretende más que entretener al lector.







Comentarios


Puerta de entrada a un mundo romántico:

©2020 por nickinaihaus. Nickole Naihaus/ Nickole Naihans L.

bottom of page