Jinete sin cabeza…

—¿Quién es el nuevo habitante de la mansión? —preguntó la bruja encargada de leer la fortuna de quienes venían a la mansión embrujada.
Debería haber abrazado la oscuridad como sus hermanas, pero había nacido de un color violeta claro y era más pequeña que las demás. Por lo que sus hermanas y su madre la rechazaron y, bueno… cuando llegó un circo local, busco una oportunidad de trabajo. Los dueños pensaron que estaba maquillada, así que la aceptaron sin dudar. Luego, al ver que en realidad era una brujita, la recomendaron a una mansión embrujada famosa por sus fantasmas, sus espíritus y, en general, por la amabilidad de quienes allí vivían.

—Yo oí que tiene un cuerpo para morirse —dijo el espíritu de quien había sido una extraordinaria bailarina.
Lástima que hubiera muerto tan joven, el día de su primer show. Una de sus zapatillas se soltó y, justo cuando debía saltar a los brazos de su compañero, tropezó. Desde entonces bailaba todas las noches en el salón de la gran mansión embrujada, con gracia y en compañía de su pareja de escena, con quien al principio no se llevaba muy bien. Pero, después de los primeros cien años, lograron no sólo entenderse, sino también enamorarse. Y, bueno… la muerte terminó uniéndolos.
—Quienquiera que sea el inquilino, tiene a las calabazas apiladas unas sobre otras, intentando espiarlo en su cuarto —dijo el fantasma de la mujer de la Revolución, que entraba con su cabeza en la mano.
Al parecer, era otra de las mujeres que habían perdido la cabeza en la guillotina durante la Revolución Francesa. Con las ideas de la Ilustración, cuando la razón comenzó a imponerse a la superstición, el trabajo comenzó a escasear, así que ella y otros espíritus se mudaron no sólo de país, sino también de continente, buscando un lugar donde laborar. Y encontraron la mansión embrujada.

—Es gracioso pensar que los norteamericanos aún nos ven como una mansión con excelentes actores, incluso después de más de trescientos años —dijo el dueño y anfitrión, mientras se dirigía hacia las calabazas para poner un poco de orden.
Los espíritus más viejos de la casa se estaban despertando y nadie quería que esos gruñones comenzaran a hacer ruido. La última vez, el dueño había tenido muchos problemas para explicarle a la policía lo que sucedía.
—Creo que puede ser tu oportunidad de encontrar el amor —le dijo la mujer esqueleto.
Ella y su marido se habían mudado a la mansión una vez que lograron salir de sus ataúdes. Ambos habían fallecido en una pandemia que, curiosamente, ya en vida los había dejado en los huesos.
Eran los encargados de recibir a los invitados y del show de magia, que a veces requería más de un ayudante, para volver a poner cada uno de sus doscientos seis huesos en su lugar.
—Es Halloween, no San Valentín —dijo la brujita, que, después de más de cien años de perseguir el amor, se había cansado y había decidido disfrutar de los sustos y las funciones.
Tenía un hogar y una familia a la que quería. Y la verdad era que le encantaba mentirles a las mujeres, dándoles la esperanza que a veces iban a buscar, y atormentar a los hombres que se creían muy valientes. Ese era, en realidad, su placer culposo.
—Podría ser un Halloween muy romántico —dijo la mujer esqueleto, dándole un empujoncito en el brazo.
—Brujilda, ¿podrías mostrarle la casa al nuevo habitante? —preguntó su jefe y figura paterna, mientras cargaba en sus brazos dos calabazas que, se habían peleado entre ellas por conocer al recién llegado. Tratando de llevarlas al jardín donde deberían dormir.
—Y, al parecer, nuestro jefe pasó de motosierras y personajes de películas de terror a Cupido en una sola noche —dijo la mujer esqueleto, llevándose a las chicas a la cocina con la intención de abrirle paso a su amiga.
Ella sabía cuánto le había costado a Brujilda asumir el rechazo de su familia y que, cuando llegó, había necesitado más de un empujón para hacer de aquella mansión su hogar. Entre Gatita, Madam sin Cabeza y ella habían tratado de emparejarla más de una vez.
Primero, con una de las momias que preferían dormir en el sótano. Pero Brujilda, en un ataque de torpeza, se había enredado en una de sus vendas y, bueno… digamos que tuvo prohibida la entrada al sótano durante toda una temporada. ¿Quién iba a decir que las momias eran tan resentidas?

Luego lo intentaron con el fantasma de las sábanas, pero un día, mientras caminaban por el bosque, él se enredó en unas ramas y, bueno… al final terminó de pareja con la fantasma costurera. Desde entonces llevan cosiendo su amor a la par de los vestuarios de toda la casa.
Y el último fue uno de los sepultureros. Todas pensaron que por fin habían logrado ayudarla a desenterrar el amor, pero él era un bromista y, bueno… terminó enterrándole las pociones en el jardín. Por eso, todavía hoy lidian con el desastre de las calabazas, que estaban hace un segundo apiladas y que cada vez que pueden fomran un desorden en la mansión.
—Chicas, ¿me ayudan? —comenzó a decir Brujilda tímidamente, pero sus amigas ya se habían ido.
Con mucho recelo se dirigió hacia donde habían estado las calabazas apiladas, pero comenzó a oír ruidos súper raros y se asustó. Le recordaron a aquel fantasma del músico de rock que, cada vez que terminaban las presentaciones en la casa, decidía destrozar su habitación.
Primero oyó los libros caer, luego los cajones abrirse sin piedad, después a alguien golpeándose contra los muebles y, por último, un golpe extraño que no pudo reconocer.
¿Y si aquel hombre necesitaba ayuda? ¿O si de pronto estaba poseído? La verdad era que, la idea de volver a llamar al exorcista después del fiasco del exnovio de la gata, no le agradaba mucho.
Con cautela se acercó a la puerta y dio unos golpecitos.
—¡Siga! —oyó que gritaba una voz aguda, sexy y bastante angustiada, si tenía que ser sincera.
—¿Seguro? —preguntó Brujilda, dudando unos segundos. La verdad era que estaba aterrada.
—Claro —dijo el hombre, dejando de hacer ruido por un segundo.
Brujilda entró y el cuarto, en efecto, era un desastre. Le recordó aquella vez en que el sonido había fallado y el músico había destrozado hasta la pared. Paseó lentamente la mirada por las cosas y algo le llamó la atención: aunque todo estaba patas arriba, nada estaba roto.
Eso era un cambio. Las cosas estaban fuera de los cajones, había objetos por todo el piso y la cama estaba llena de ellos, pero nada parecía haber sufrido más que un cambio de lugar.
—Perdón —dijo una voz apenada desde una esquina, llamando su atención.
—Tranquilo, el jefe y dueño me ha pedido que le muestre la mansión —dijo con formalidad.
No quería otro fiasco como el del señor Espantapájaros, que le había recordado la importancia de las formas. Vaya fiasco había sido aquel. Aunque haberlo metido en un frasco le había resultado de lo más satisfactorio.

—Me encantaría, solo que…
El jinete no sabía cómo decir lo que le estaba pasando, y menos a la brujita que tanto le había gustado cuando llegó a la casa. Ella no lo había visto porque estaba con un cliente, pero él había observado la pasión y la emoción con que les leía el futuro a las mujeres y se vengaba de los hombres cuando nadie la veía. Eso le demostraba que, además de apasionada y detallista, también tenía un buen sentido del humor.
—No tengas pena. Cuando yo llegué también me sentí algo incómoda, pero la verdad es que aquí todos somos familia. Ya verás cómo te haces un hogar en esta casa.
O al menos eso esperaba. Las chicas se habían quedado cortas. Con razón las calabazas se habían puesto como locas: tenía un cuerpo armonioso y, por lo que se veía, bastante tonificado.
—Es que sí quiero hacerme un hogar. Lo que pasa es que no puedo ir contigo todavía, no al menos hasta que…
Por un momento percibió la incomodidad de la brujita, pero es que le daba mucha vergüenza.
—¿Hasta que…? —preguntó con mucha curiosidad.
El hombre se veía realmente mortificado. Tenía los hombros caídos y, bueno… se le notaba la pena.
—Hasta que encuentre mi cabeza.
En cuanto dijo aquello, la brujita no pudo contener la risa. Se rio con tantas ganas que el hombre terminó uniéndose a sus carcajadas. Brujilda tuvo que sentarse en medio del desastre.
—Perdona, no debía reírme —dijo, aún entre risas.
—¿Por qué no? Si es muy chistoso. Uno pensaría que no debería sucederme, pero la verdad es que me pasa con más frecuencia de la que me gustaría admitir.
—Perdona que pregunte, ¿cómo es que…? —dijo con cautela. Notaba que aquello le causaba vergüenza y no quería hacerlo sentir peor.
—¿Perdí mi cabeza?
Al ver la cara de la brujita, entendió que esa no era la pregunta, pero, con la intención de que no se acabara la conversación, continuó:
—Una bala de cañón durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos.
—¿Eres tú el espíritu que cabalga por las noches en busca de su cabeza perdida? —preguntó, curiosa.
Había ido varias veces al pueblo con su amiga Gatita y había escuchado las habladurías y las leyendas. De hecho, sabía de buena fuente, que él era una de las razones por las que la gente del pueblo no iba al bosque.
—La verdad es que, aunque la pierdo con bastante frecuencia, eso no era lo que buscaba. Porque la cabeza, no me preguntes por qué, pero, como has visto, no la necesito —le dijo, sentándose a su lado.
Mientras el jinete le respondía, Brujilda vio algo que se movía en una esquina.
—¿Puedo? —preguntó, pidiendo permiso para acercarse.
—Pero, por supuesto.
Le gustaba que se sintiera en confianza y, la verdad, le gustaba que siguiera allí. Brujilda se acercó a la esquina y, detrás de unas botas, encontró una cara en forma de calabaza.
—La encontré —dijo con una sonrisa, llena de orgullo.
—Así es —afirmó él, pensando que aquella era la sonrisa más hermosa que había visto en toda su vida, tanto de hombre, como de espíritu.
Brujilda se la devolvió, tratando de esquivar cada obstáculo que había en su camino.
—Bueno, no es un zapato y yo no soy Cenicienta, pero… sí me gustaría que fueras mi princesa azul o, en este caso, mi brujita morada —dijo él, recibiendo la calabaza.
—Soy bastante torpe —dijo ella, sin saber qué más decir. No era común que la cortejaran.
—Destrocé mi cuarto buscando mi cabeza. Creo que estaremos bien.
Brujilda se rio. Esta vez no tuvo que pedir perdón.

—Entonces, ¿te muestro la casa?
—Me encantaría —respondió él, ofreciéndole el brazo.
Ella lo tomó y, bueno… al salir encontraron a las calabazas apiladas junto a la puerta.
—Es Halloween, no San Valentín —les recordó Brujilda, aunque esta vez lo dijo sin soltar el brazo del jinete.
Por primera vez en más de cien años, no necesitó leer la fortuna para ilusionarse con lo que vendría.
Fin
Nickole Naihaus
Nickole Naihans
Nickinaihaus
P. D. Quiero aclarar que esta es una historia de ficción, producto de mi imaginación, y no pretende más que entretener al lector.
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