Carta a la libertad…

Actualizado: 22 de nov de 2020


Socorro, 30 de julio 1819


Mi amada Rosita, mi flor, mi vida, mi mujer. Está carta puede carecer de sentido ahora que me encuentro en este agujero mal oliente, lleno de suciedad y desesperanza, donde ni un lugar para dormir tenemos. Hace ya más de dos semanas que nos apresaron los españoles y solo nos dan agua, algo que hacen cuando se acuerdan. Ya sabes lo glotón que siempre he sido, pero ha pasado ya tanto tiempo desde mi última comida que, el estomago ya se ha cansado de llorar y ni ruido hace.

No te preocupes por mí, quien iba a pensar, pero ya nos hemos ido acostumbrando a todo lo que nos rodea, en primer lugar a nuestra suerte. El olor, que al principio se había hecho insoportable, con el pasar de los días y las malas noticias que nos han acompañado, ha dejado de molestarnos y la única compañía que tenemos, son dos perros grandes, que nos brindan calor en las noches, donde la lluvia es insoportable.

Te escribe mi compañero de celda, un criollo, camarada de lucha y admirador de la joven Maria Antonia, mi pobre ama, que el señor la tenga en su gloria. Según él, la palabra es el espejo de la acción (Sólon de Atenas), por lo que me dijo que si te amaba, debería despedirme de ti, transformar mi amor en acción, es decir en palabra escrita. No le entendí muy bien, pero la esperanza es lo único que nos queda; Dios sabe que mi señora Maria Antonia (prócer de la independencia de Colombia) jamás la perdió, hasta en sus últimos momentos con nosotros, confió en su asesino y le regalo su anillo más querido, si, ese de esmeralda que jamás en su vida se quitó, con la promesa de que la hiriera de muerte en el corazón, ese que el traidor de Pedro Agustín Vargas le vendió a los españoles, a cambio de quién sabe qué.

Espero que la suerte me acompañe y estas, mis últimas palabras, lleguen a ti como testimonio de que hasta el último aliento, mi corazón estuvo contigo. Nunca había sonado tan refinado como ahora, pero es que es el criollo quien me ayuda con las palabras y me hace ver como todo un ilustrado. Rosita, eres tú mi único consuelo en las noches, donde el desespero se apodera de nosotros y son las historias de lo que tu y yo vivimos, lo único que nos entretiene y ayuda a sobrellevar este desasosiego de no saber que van a hacer con nosotros.

Te acuerdas de la tarde de domingo, cuando salimos a pasear por el pueblo, la tarde donde te robé el primer beso. Llevabas ese vestido tan bonito, que te había regalado tu señora, ajustado a tu figura, cuerpo con el que sueño todas las noches y que siempre lamentaré de jamás poder abrazar de nuevo; unos zapatos rosa que te lastimaban los pies en el empedrado, que cómo lo supe, porque desde pequeña has sido hábil y acelerada para caminar y ese día, además de hacerlo de manera pausada, en más de una ocasión te tropezaste. Recuerdo lo hermoso que se te veía el pelo, en una trenza que decoraste con flores del mismo color del vestido. Jamás había visto una mujer tan hermosa. Mi señor me había dado un dinero y con ese pudimos comer ese rico tamal. Fue una de las mejores tardes de mi vida, recuerdo que me contaste tu sueño de vivir juntos, con nuestros hijos en un palenque (poblados autónomos, formados por los que una vez fueron esclavos) en Cartagena.

Cuando te pregunte porqué en Cartagena, me dijiste que era un lugar, donde podríamos disfrutar de los atardeceres rosados, que se combinan con el mar. También me dijiste, que me cuidarías de los cantos de sirenas.

Estábamos llegando a la hacienda de tu señora, cuando te distraje un momento hablándote de las luciérnagas, te dije que en realidad no eran moscas sino escarabajos, tú te volteaste para decirme lo bobo que era y aproveché para robarte un beso, que aún me sabe a coco. La piel te olía a rosas y el corazón te latía a mi, en un momento pensé que se te iba a salir del pecho. Como lamento no haber extendido el beso un poco más, pero es que entonces me habría abandonado al deseo y yo a ti te quiero para toda mi vida. Guardo conmigo la flor que se te cayó del pelo, cuando te volteaste para darme un último beso.

No creo que nos volvamos a ver, hace unos días estábamos en la hacienda con la señora Antonia y su hermano Santiago, además de la hermosa señorita Helena, cuando llego el señor Pedro Agustín de Vargas, el criollo de mirada extraña, sonrisa sombría, según las mujeres atractivo, pero peligroso. Mi señora, confiando en su antiguo amigo, por lo que no presintió el peligro que nos esperaba, hasta que fue demasiado tarde; el infeliz nos había traicionado, ya me lo habías advertido tu, más de una vez me dijiste que no era un hombre de confiar y hoy, en este calabozo, me doy cuenta de que tenías razón. Llegó acompañado de muchos soldados, que nos apresaron y llevaron primero a Charalá, luego a Cincelada y luego al Socorro, donde fusilaron a mi señora. Ahora me encuentro en una celda esperando el mismo fin, aunque eso ya lo debes saber.

Te quiero, te recuerdo y espero que como mi señora soñó y dijo en más de una ocasión en este año, “Antes de terminar este año, el suelo granadino estará libre de los que lo tiranizan vilipendiando la virtud y el mérito”. (MARIA ANTONIA SANTOS).



Foto: Dibujo (acuarela/papel) de Roberto Páramo Tirado, Ca. 1910. Hace parte de la donación de Eduardo Santos al Museo nacional de Colombia.


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Nickole Naihans L

Nickole Naihaus L

Nickinaihaus

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