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Jugadora de Billar


—¡Es una mujer! —grita uno de los soldados mientras la revisa con torpeza, casi sin decoro, buscando el lugar exacto donde la han herido.

Quiere quejarse. Protestar. Exigir que aparten esas manos de su cuerpo. Pero la voz, igual que sus fuerzas, la ha abandonado.

—¿Cómo? —alcanza a escuchar que exclama el general García Rovira.

—¡Han herido a una Juana! —repite el soldado.

Su inspección se ve interrumpida por la llegada de unos brazos fuertes que ella ya había conocido en medio de un tropiezo, antes de llegar a Piedecuesta.

—¡No pierdas el sentido! Te lo ordeno como tu superior —le dice él, con el susto reflejado en el rostro y las manos inspeccionando el lugar donde la alcanzó la bala.

—Creo que no podré obedecer esta orden —dice, respirando con dificultad. Entonces tose y siente el sabor metálico de la sangre en la boca.

—Recuerda que me debes un partido… —le dice él, mientras sigue buscando el lugar exacto donde la han herido.

—¿Aún no me crees? —le pregunta con dificultad, tratando de concentrar la mirada en su rostro; pero sus ojos comienzan a cerrarse.

—¿Que seas una experta en billar inglés?… Si lo dice mi coronel Serviez… —responde él mientras la lleva cargada hacia algún lugar que ella desconoce.

—Lo digo yo… —dice mientras intenta acariciar su mejilla, pero las fuerzas no la acompañan.

—Entonces debe ser verdad… —responde él.

Al verla desmayarse, le grita:

—¡No te duermas!

—Eres muy apuesto… —alcanza a decir ella, cerrando los ojos.

—Me debes un partido, así que tienes prohibido…

Y eso es lo último que oye antes de que la oscuridad la venza y caiga desmayada sobre el campo de batalla.


Un dolor lacerante en el brazo la despierta, o eso cree. Trata de recordar dónde está y por qué le duele tanto el cuerpo. Entonces, al hacer memoria, recuerda que era 22 de febrero y que se encontraba en el segundo día de enfrentamientos con los realistas en el páramo de Cachirí.


Recuerda que muchos se estaban replegando cuando divisó al hombre que, desde el comienzo de aquella travesía, se había encargado de cuidarla, custodiarla y, en parte, molestarla. Según él, las mujeres de cuna, las criollas educadas, no tenían lugar en el combate.


No sabe de dónde vino la bala. Sólo sabe que su instinto le indicó que debía interponerse entre el hombre que aún le debía una cita —mejor dicho, un enfrentamiento entre bolas, palos y una mesa— y aquella trayectoria mortal.

Si ha de ser honesta consigo misma, no pensó demasiado en sus actos, y mucho menos en las consecuencias que estos podían traerle. Vio al realista apuntar hacia el hombre que la había cuidado durante aquella travesía y comprendió que no tenía muchas opciones.

O tal vez sí las tenía. Pero ninguna en la que pudiera permitirle morir.


Trata de abrir los ojos, pero no puede. Los brazos le pesan un demonio y siente como si toda la caballería española le hubiera pasado por encima. Intenta hacer memoria, y lo primero que aparece ante sus ojos son imágenes de la noche anterior: sus compañeros, inquietos por los resultados de los primeros enfrentamientos.

Y es que, aunque la niebla les hubiera dado una tregua de varias horas, todos eran conscientes de que estaban perdidos y, lo que era peor, de que se enfrentaban a un ejército mejor armado, mejor organizado y con un arsenal que los estaba diezmando.


De hecho, sus compañeros de lucha —esos mismos que sufrían con ella el frío del páramo, la lluvia inclemente, las condiciones precarias del terreno y los avatares del combate— no consideraban prudente continuar el enfrentamiento contra el comandante realista Sebastián de la Calzada. Nadie lo decía en voz demasiado alta, por supuesto. En un ejército hambriento, cansado y perseguido, la duda podía ser tan peligrosa como una bala. Pero ella la había visto en sus rostros.

Y también la había sentido en el suyo.


Recuerda la discusión entre varios oficiales frente al fuego, las cartas de sus seres queridos, algunos faroles y lo que parecía ser todo el tiempo del mundo. Las llamas apenas alcanzaban a calentarles las manos y mucho menos a disipar el temor que se les había instalado en los huesos.


—Hemos perdido medio ejercito, si el combate sigue adelante y no logramos la victoria, las consecuencias serán nefastas —decía un teniente. Uno muy apuesto, por cierto, reconocido por su arrojo, lo cual, a juicio de ella, no siempre era una virtud. A veces el arrojo no era más que una forma elegante de llamar a la imprudencia, cuando la llevaba puesta un hombre con buen porte y uniforme.


Ese teniente, famoso por recibir las condecoraciones acompañadas de balazos, era motivo de celos para su guardián. Porque así lo sentía: Francisco de María se había convertido en su guardián en medio del viacrucis en que se había convertido aquel enfrentamiento.


—Ella no debería estar acá —le dijo Francisco de María al teniente, que permanecía junto al fuego con su hermano.

—Es más fuerte de lo que parece —dijo mi hermano.

—Es una señorita de sociedad. Debería estar en tertulias, bailes y salas de costura, haciendo las cosas que hacen las señoritas de su edad —dijo Francisco de María.

—Es una jugadora de billar excepcional —dijo mi hermano, haciendo reír a todos, incluso al coronel.

—Tendrás que medirte con ella, entonces —le dijo el teniente a Francisco de María.

El sonido de unas bolas de billar al chocar la trae de vuelta al presente. O, de pronto, está…

—No, no estás muerta —le dice Francisco de María, como si hubiera podido oír su pregunta.

Hace un esfuerzo titánico, abre los ojos y descubre que están… en… ¿un billar?

—¿Un billar? —pregunta con suspicacia, tratando de reconocer el lugar, pero, al no ser de Santander, no está familiarizada con nada.

—Bueno, dejaste que te dispararan, así que no nos diste muchas opciones para escondernos —dice Francisco de María, pasándole un trapo húmedo por la frente, con el rostro marcado por la preocupación.

—Perdona, no fui yo quien se puso en el camino de una bala realista —le dice, con intención de hacerlo enfadar. Lo prefiere molesto antes que preocupado.

—De hecho, sí lo fuiste —dice su hermano, llegando con una bebida en la mano.

—¿Y pensaste que un billar era el lugar más tranquilo para hacerlo? —le pregunta a su hermano mientras, con su ayuda, trata de incorporarse; pero el dolor en el hombro no se lo permite.

—Debíamos sanarte lo antes posible y, de paso, ver esas habilidades tuyas para el billar que tanto pregonó tu hermano —dice Francisco de María, pasando un brazo por su espalda e inmovilizando, tanto como puede, su hombro mientras la ayuda a incorporarse.

El dolor la atraviesa, pero, con el fin de aliviar su preocupación, lo disimula lo mejor que puede.

—Admite que te morías por esa primera cita —le digo con la voz ronca por el dolor.

—No solo por la primera, también por la segunda, la tercera, la cuarta y todas las que vengan —me dice mientras me ayuda a beber agua.

Mi hermano, incómodo por la intimidad que presencia, se hace a un lado y distrae a los demás, con el fin de darnos un poco de privacidad.

—¿Me estás proponiendo algo? —le pregunto con curiosidad.

—La verdad es que te estoy ofreciendo algo, aunque no sé si sea algo que una mujer como tú merezca.

Sus palabras me confunden. Debe notarlo, porque, al verme, se explica.

—Como dije antes de esta debacle, de esta derrota… tú mereces estar con alguien de tu clase; asistir a tertulias, bailar, hacer las cosas que hacen las jóvenes de tu edad. No deberías recibir balazos en medio de batallas ni terminar escondida en un billar.

Hace una pausa. Baja la mirada.

—Mereces más. Pero, lamentablemente, yo soy lo único que tengo para ofrecerte.

Lo observo en silencio. Al hombre que había intentado mantenerme a salvo a través de un páramo, de la lluvia, del frío y de una guerra que parecía empeñada en arrebatarnos todo. Al hombre que se preocupaba tanto por mí que confundía su miedo con órdenes.

—Tú, este maravilloso billar y un futuro cargado de camaradería, coraje y lucha por un mundo mejor son más de lo que jamás podría soñar —le digo.

Tomo su rostro entre mis manos para obligarlo a mirarme a los ojos y encontrar, en ellos, la certeza de mis palabras.

—¿Estás segura? —pregunta apenas.

—Tan segura como que, cuando esté mejor, acabaré con tu récord como el mejor jugador de carambola libre —le digo sonriendo.

La emoción se refleja en sus ojos. Por un instante, el cansancio, el dolor y el estruendo de la guerra parecen quedarse lejos.

—Eso es una amenaza muy seria, Juana —me dice sonriendo, mientras me ayuda a acomodarme mejor en aquella cama improvisada sobre una mesa de billar.

—Es una promesa —le digo.

Oigo a nuestros compañeros reír, a la par que Francisco de María lo hace, y su sonrisa logra calentarme el corazón.

Entonces toma uno de los tacos que descansan junto a la mesa y lo apoya con cuidado contra el borde de la cama improvisada.

—Te esperaré —dice—. Pero no creas que voy a dejarte ganar.

Miro el taco, la mesa verde y las bolas que reposan en silencio, como si también aguardaran nuestro desafío.

Afuera, la guerra continúa.

Pero allí dentro, entre el olor a pólvora, las vendas y el eco lejano de los caballos, acabamos de acordar una vida llena de citas, torneos y amor.


Fin


Nickole Naihaus

Nickole Naihans

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P. D. Quiero aclarar que esta es una historia de ficción, producto de mi imaginación, y no pretende más que entretener al lector.




 
 
 

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