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Vestir santos...

hace 4 minutos
6 min de lectura

Ahora que estamos en el mes del Amor y la Amistad, agradezco profundamente esa nueva costumbre que está creciendo en mi país de comenzar a celebrar la Navidad desde septiembre.

La verdad, me entristece un poco. Bueno, mucho. Principalmente por Halloween, que siempre me ha parecido una celebración mucho más honesta: nadie pretende que una bruja de plástico colgada de una ventana tenga un significado profundo.


Aun así, agradezco la llegada prematura de los árboles, las luces y los villancicos, porque acorta considerablemente el periodo del año durante el cual debo enfrentarme a preguntas como:


—¿Aún no tienes novio?

Seguida, por supuesto, de:

—Me preocupa que te quedes para vestir santos.

Y rematada inevitablemente con:

—Creo que el hijo de la vecina todavía está soltero.


Como si el hijo de la vecina fuera una especie de plan de contingencia nacional para mujeres mayores de treinta.


Nunca he entendido por qué mi soltería preocupa tanto a personas que no tienen que vivirla. A mí, por ejemplo, no me preocupa en absoluto.


De acuerdo con las hermanas, mi mamá y don Enrique, San Antonio da esposo, Santa Marta es la santa de las causas perdidas y Santa Rita, la de las causas imposibles. Así que no sé muy bien a cuál de todos debería pedirle un buen compañero de vida. A veces pienso que los tres me miran desde donde estén y se preguntan:


«¿Por qué deberíamos incomodarla, si vive tan contenta?».

O todo lo contrario:

«¿A quién podríamos presentarle que tenga la suficiente paciencia para no estrangularla después de una de sus impertinencias?».

Personalmente, prefiero creer que todavía están deliberando.


La verdad es que, después de un año infernal en el que salí con hombres por los que realmente no sentía ninguna atracción, sino que la desesperación se había encargado de presentármelos, sólo me quedó agradecerles que supieran mejor que yo cuál era su lugar: fuera de mi vida. Fue un año lleno de ansiedad, citas interminables, presentaciones incómodas y muchas lágrimas. Lágrimas que me gustaría pensar que no fueron desperdiciadas porque, entre una mala cita y la siguiente, creo que comencé a conocerme. Y, más importante todavía, a reconocerme.


Descubrí, entre otras cosas, que estar sola no era tan terrible como me habían hecho creer. Ahora vivo y me enfoco en ser mi mejor versión todos los días.


—Inu, ¿hoy te toca voluntariado? —me pregunta Monseñor.

—Así es. A ver si de verdad me pongo a vestir santos —respondo lo suficientemente alto como para que la señora Victoria, una de las mujeres más chismosas de la iglesia, se dé por aludida y, de paso, por enterada de que sé perfectamente que habla de mí a mis espaldas, a mis lados y, me atrevería a decir, consciente e inconscientemente.


La señora Victoria no levanta la mirada, pero deja de acomodar las flores.


—O a ver si ellos te presentan al famoso príncipe —dice Monseñor, siguiendo con el chiste.


—Lo que pase, será usted el primero en saber —le digo mientras comienzo a sacar los velos de la Virgen y algunos de los atuendos que traje de la lavandería. Veo cómo se retira hacia el confesionario.


Mientras comienzo a arreglar los santos, me quedo pensando en lo irónico de mi trabajo y en la posibilidad real de que alguno de ellos me ayude a encontrar esposo. Entiendo que cada uno tiene una especialidad y siempre les agradezco y les pido que cuiden de mi familia y de mí, pero no termino de entender muy bien sus poderes como casamenteros.


Me concentro en cada detalle, con la intención de que cada santo reciba su atención, particularmente San Antonio, mi abuela le tenía no sólo gran cariño y fe. Por eso, mientras acomodo los adornos, le pregunto.


—Mi abuela solía decir que tú dabas maridos, pero que tenía uno que cuidarse porque los dabas borrachos, por lo que te pregunto: ¿cómo los escoges? Y, más importante, ¿cómo los presentas?


Me río de mis ocurrencias y espero que no me responda, porque eso podría darme más de un problema y un susto demencial.



Cuando voy a darme la vuelta para coger una flor, me tropiezo con el pie de la estatua y, justo en el momento en que estoy a punto de caer, unos brazos fuertes me sostienen.


—¿Se encuentra usted bien? —me pregunta el hombre mientras me ayuda a sentarme, porque, aunque no llegué a caerme, sí me di algunos golpes.

—Muchas gracias por llegar justo antes de que tocara el suelo.


Cuando levanto la mirada, veo que tiene el pelo negro azabache. Lamentablemente, no puedo verle el rostro porque está mirando una de mis piernas.

—Lo lamento mucho, pero, al parecer, su pantalón se ha rasgado con los tubos y usted se ha herido —me dice mientras limpia la herida con uno de sus pañuelos.

—Por estar vistiendo santos —digo entre risas, porque toda la situación me resulta muy graciosa.

—Según lo que estaba viendo, vistiéndolos no estaba; más bien, estaba agasajándolos con atenciones —me dice.

Entonces, por fin, puedo verle la cara. Es un hombre apuesto. Tal vez no le robaría el aliento a muchas, pero a mí sus ojos verdes, rodeados de largas pestañas, me parecen la puerta a un hombre lleno de ideas y, al parecer, muy galante.


—Puede usted preguntarle a la señora Victoria. Ella podrá confirmarle que estoy aquí para vestir santos —digo con la intención de incomodarla y conseguir un poco de privacidad con este apuesto hombre.


Lo logro con éxito, pues la oigo decir:


—Voy a la sacristía por el botiquín.


Y desaparece por la puerta.


—Pues, si no le molesta, me gustaría acompañarla a vestir santos —dice él con una sonrisa.

—Preferiría que la invitaras a cenar, estoy seguro —dice Monseñor, riendo.

—¡Monseñor! —le digo, avergonzada—. Sabe usted que apenas comenzaba.

—Pero San Antonio ha decidido que termines esta labor y empieces una nueva, así que yo no discutiría sus designios.

—¿Y entonces quién engalanará a nuestros santos?

—Niña, por favor. San Antonio ya nos ha hecho el milagro. ¿Será que podemos agradecérselo sin ponerle más trabajo?

—¡Monseñor!


Él se ríe, satisfecho con su ocurrencia, y antes de que pueda reclamarle algo más, se aleja dejándome a solas con aquel hombre.


—Le pido disculpas —digo, todavía avergonzada—. Monseñor tiene un sentido del humor bastante particular.

—No tiene por qué disculparse. Aunque debo admitir que ahora siento cierta presión.

—¿Presión?

—Claro. No todos los días lo recibe a uno un santo con semejantes expectativas.

—Entonces, ¿es usted por quien hemos rezado?

—No estoy segura, pero sí que lo espero. Cuando mi madre me dijo que viniera al voluntariado, no imaginé que esta sería la misión. Una que acepto sin remilgos ni dudas, con la mejor actitud y, aunque suene algo cursi, con el corazón abierto. -Dice el apuesto hombre.


Su declaración me hace reír y, a la vez, me calienta un poco el corazón. Y aunque me encantaría ir, hay dos pequeños problemas: el primero es que no he terminado mi trabajo y el segundo, que todavía no me ha invitado a nada.


—Pero entonces, ¿qué pasa con mis cosas? ¿Y con mi misión del día de hoy?

—La tomaré yo, a ver si puedo contar algo nuevo de ti, niña —dice la señora Victoria.

—Entonces queda un detalle —digo.


Todos preguntan al unísono, incluso Monseñor, asomándose desde detrás de San José:


—¿Qué?

Miro al hombre que todavía permanece a mi lado.

—Que me invites a algo, porque hasta ahora todos han hablado menos tú.

—Pues, en esta posición, bien podría ofrecerme a ponerte el zapato, mi bella Cenicienta, pero, como no es el caso, te invito a un café y, si te parece, al cine, aprovechando que hoy es el Día del Amor y la Amistad.

—Con palomitas.

—Y dulces —me dice, riendo.


Y entonces puedo ver que tiene una sonrisa preciosa.


Miro a San Antonio y le agradezco desde lo más profundo de mi corazón, porque ha hecho un maravilloso trabajo.


Y fue así como aquel Día del Amor y la Amistad no me quedé para vestir santos, sino que los santos me consiguieron un compañero, porque, al parecer, San Antonio tenía otros planes para mí.




Fin.


Nickole Naihaus

Nickole Naihans

Nickinaihaus



P. D. Quiero aclarar que esta es una historia de ficción, producto de mi imaginación, y no pretende más que entretener al lector.





 
 
 

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©2020 por nickinaihaus. Nickole Naihaus/ Nickole Naihans L.

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