La ermita

Actualizado: 30 de nov de 2020


Oigo una voz femenina decir mi nombre, se escucha lejos de donde me encuentro, puedo distinguir que pregunta por mí.


- ¿José Mario?, ¿José Mario?. - Escucho el eco de su voz retumbar en las paredes pronunciando mi nombre.


No estoy muy seguro de dónde me encuentro, sólo sé que es un lugar frio y por el eco de la voz parece ser un espacio grande, puedo ver sus paredes blancas calizas y los soportes de madera se ven de color café o negro oscuro. Estoy recostado sobre algo o sobre alguien, en un espacio que se siente estrecho, estoy algo incomodo y puedo sentir el peso de otros cuerpos en diversas partes de mi anatomía, trato de levantarme pero no logro mover mi cuerpo, es como si estuviera entumido.

Lo último que recuerdo es al capitán Francisco José de Caldas (1), muy correcto, muy digno, cansado y atemorizado, acompañando al resto de nosotros los "próceres de la patria", en el patíbulo esperando ser fusilados. Con resignación y dignidad nos formamos en la plazuela de San Francisco, a esperar nuestro triste desenlace. Recuerdo mirar en la audiencia, que fea palabra pero ¿cómo más podría describirla?, una serie de ciudadanos mirando, cómo el sacrificio de nuestras vidas en nombre de la independencia, se convertía en un espectáculo sanguinario, en una demostración de la crueldad y de las represalias que le podrían llegar al resto de los americanos, si seguían por nuestro camino independentista. Morillo(2) hizo de nosotros un ejemplo, un intento de apagar la llama de la libertad que nos quema a todos por dentro, ese deseo de no ver más españoles usurpando, robando, violando y apoderándose de lo que nos pertenece a nosotros, los que nacimos en estas tierras. Es que de sólo pensar en los impuestos, los robos y las injusticias que estamos viviendo me hierve la sangre, esa que debí derramar en el patíbulo, pero que por mis tribulaciones y pensamientos no estoy tan seguro de haberla derramado. Recuerdo haber buscado entre la multitud una persona en particular, para luego recordar que me la habían quitado de manera injusta, unos meses atrás en nuestra hacienda en Antioquia.


La encontré recostada en los escalones de la entrada de la casa, tenía su hermoso vestido amarillo cubierto en sangre:


- José Mario, espero no verte pronto, lucha por nosotros, por la independencia, este es nuestro momento, recuerda lo que dice Simón Bolivar Si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca. -Me dice mi hermosa Dalila con sus últimas fuerzas, buscando mi mano.

- No hables más. -Recuerdo haberle dicho entre lágrimas.

- Te estaré esperando con paciencia, pero no vengas a mí pronto, tengo toda la eternidad para estar contigo. - Fue lo último que dijo mi preciada esposa, mientras moría en mis brazos a causa de la bala que le propinó un español por defender a nuestra gente, a nuestras tierras, a nuestros animales, a lo que era nuestro y no dejar que violaran a una de las mujeres al servicio nuestro.


Fue poco después de la muerte de mi esposa, que me uní a la causa independentista, el profesor Francisco José de Caldas me había dado clases de ingeniería militar en Antioquia, por lo que no me costó mucho trabajo hacerme voluntario para la causa. Mi profesor me dio la bienvenida con los brazos abiertos y en más de una noche, fue mi hombro para llorar la pérdida de mi amada esposa.


- ¿José Mario? ¿José Mario?. -La voz de la mujer me trae al presente, creo ver en una de las paredes recostado un Cristo, aun no puedo reconocer dónde me encuentro.


Recuerdo que estábamos oyendo nuestra sentencia en la plazuela, con el miedo recorriéndonos la sangre, pero aunque la injusticia nos atemorizara, si de algo estábamos seguros, es de que no íbamos a dejar que los españoles nos humillaran aun más, podrían asesinar y quebrar nuestros cuerpos, pero jamás nuestro espíritu. También recuerdo recorrer con mis ojos la multitud y encontrarme con los ojos de mi madre bañados en lágrimas, recuerdo haber temido por su vida al ver que uno de mis verdugos buscaba con su mirada lo que mis ojos estaban viendo. También recuerdo haber visto a Dalila entre la multitud, no tenia mucho sentido, la había visto morir en mis brazos hacía ya ocho meses, pero tengo la plena seguridad de que ahí estaba, hermosa como siempre, podía ver el dolor que estaba sintiendo por lo definitivo de mi situación y la esperanza de que pronto, aunque fuera en tan tristes circunstancias nos volveríamos a reunir.



- ¿Quién tiene su pie en mi cara? -Mis pensamientos se ven interrumpidos por la pregunta. Reviso quién puede ser la persona que está preguntando, su voz me resulta familiar, también confirmo si es a mí a quién le pregunta, aunque no creo tener mi pie en la cara de alguien.

- Creo que soy yo mi capitán. -Contesta un compañero de lucha, Carlos Andrés, estaba a mi lado izquierdo antes de que dieran la orden de disparar.

- ¿Dónde estamos? Lo último que recuerdo es un dolor en el pecho que me quemaba -Dice el escritor Francisco Antonio Ulloa (1783- 1816), quien estaba al lado del capitán Francisco José de Caldas en el patíbulo.

- Yo recuerdo haber visto el Cristo de los Mártires en las manos del monje franciscano que nos confesó anoche. -Dice otro compañero, no le oigo muy bien, por lo que no estoy seguro de a quién pertenece la voz.

- Mi capitán creo que estamos en la ermita. -Dice Fernando, mi amigo del alma, quien estuvo conmigo en mi matrimonio, en mi felicidad y en mis tristezas, era él quien estaba a mi lado derecho en el patíbulo .

- ¿José Mario? ¿José Mario?-Oigo de nuevo a la voz femenina llamarme ya no desde el fondo del recinto, que ahora que oigo a Fernando hablar, tiene la estructura de una iglesia.

- ¿Por qué dice usted que estamos en la ermita? -Pregunta el Capitán Francisco José de Caldas, cerca de mi oido.

- Porque recuerdo que anoche estuvimos hablando varias horas frente al Cristo de los Agonizantes en la iglesia de la Veracruz. -Responde Fernando.

- Yo también lo recuerdo, es más, recuerdo que José Mario le pidió al Cristo que, aunque nos encontráramos en medio de tanta injusticia, al menos fuera misericordioso con él y le permitiera reencontrarse con Dalila, para así recibir a su lado el descanso eterno. -Interrumpió Martín, con su irritante costumbre.

- ¡Deje hablar Martín!, es que ni muerto deja usted las malas costumbres. -Dice el sabio Francisco José de Caldas.

- ¿Muertos? -Preguntan todos quienes me rodean.


- Pues claro, si me hubiera dejado terminar de hablar, les habría dicho que una vez dieron la orden de disparar, mi Capitán, quién fue el primero en dar la espalda a nuestros verdugos, murió a la primera descarga, pues los disparos le entraron por la espalda y le abrieron el pecho. Luego caimos todos al suelo, pero creo que yo no morí en el acto, porque pude ver a los monjes llevarnos del cadalso en la plazuela San Francisco a La Veracruz, en compañía del Cristo de los Mártires, donde un monje me dio el descanso eterno. Es más si levantan ustedes la mirada pueden ver que descansa en la pared del fondo-Terminó de decir Fernando.

- Es usted definitivamente una de esas almas fogosas que salen del camino ordinario y que dejan al común con esas cosas comunes. ¿Ahora será posible que quite usted su pie de mi cara? -Dice el capitán Francisco José de Caldas.

- Disculpe mi Capitán, pero no estoy seguro de poder mover mi cuerpo, de seguro mi alma sí, porque puedo vernos a todos en esta fosa que hace parte de la ermita, es decir a nuestros cuerpos superpuestos unos sobre otros, pero no sé si mi cuerpo se mueva por orden mía. -Le responde de manera humilde Fernando.

- Disculpe, tiene usted razón - Dice el Capitán ahora recostado al lado de Fernando, en uno de los muros de la ermita.

- ¿José Mario? ¿José Mario? -Oigo cada vez más cerca la voz de la mujer, una voz que me es demasiado familiar y que me calienta el corazón.

- Es posible que se ponga usted de pie Jose Mario y atienda a la señorita, parece haber venido de bien lejos para verle. -Me dice Albeiro, el más jocoso y dicharachero de mis compañeros de lucha.

- Usted siempre tan mal hablado. -Le recrimina Fernando, como siempre lo hizo en vida.

- Pero no por eso es menos cierto. -Dice el escritor Francisco Antonio Ulloa(3), señalando una luz blanca al lado del Cristo en una pared de la ermita.

- Hoy con mayor seguridad puedo decir que: He reconocido con la mayor claridad que todo es viento, humo, vanidad, excepto dos cosas: servir a Dios y conservar la Paz don del cielo.-Dice el Capitán Francisco José de Caldas, interrumpiendo la conversación, mientras camina inspeccionando las paredes de la Iglesia de la Veracruz.

- Podemos dejar la pose de sabio por un momento, al final de cuentas eres ese cuerpo abierto que retoza con los demás en una fosa común. - le pregunta Francisco Antonio Ulloa, ahora sentado al lado de Fernando y el Capitán, señalándole con un dedo donde yo me encuentro acostado.

- Mi Capitán, quería preguntarle por ese símbolo que escribió usted justo antes de morir en el cadalso. -Le pregunta Fernando.

- ¿Cuál? -dice el Capitán inspeccionando la ermita, cómo si fuera la primera vez que la visita.

- La O esa que dejó en las escaleras, era un símbolo misterioso porque era una O como tachada.- Interrumpió Albeiro.

- Es usted un ignorante. - Le recrimina mi capitán, como siempre tan soberbio.

- Incluso muerto no pierde usted tampoco las malas costumbres. -Le devuelve la cita Albeiro, ahora de pie ante mis ojos, haciéndonos reír a todos en la ermita.

- Es la famosa O larga y negra partida, en la que aparece un círculo partido por una raya en la mitad. -Confirma el sabio Francisco José de Caldas.

- Y yo que pensé que era la letra griega Th. - Responde Francisco Antonio Ulloa.

- ¿Y qué tiene la letra esa de especial? -Pregunta impertinente Albeiro.

- Albeiro, pues es que se escribe precisamente con un círculo y una raya.-Confirma Francisco Antonio Ulloa.

- ¿Por qué habría de escribirla en ese momento? -Dice Francisco José de Caldas con curiosidad, dirigiendo su mirada hacia el escritor.

- Pensé que estabas designando la palabra Thanatos.

- ¿La qué? -Pregunta Albeiro.

- Thanatos, significa muerte.-Contesta Francisco Antonio Ulloa.

- Pero tuvieron mucho tiempo para pensar, yo si acaso pensé en mi mamá y mi papá y en que espero que les dejen tranquilos ahora que estoy muerto. -Dijo Albeiro.

- La verdad es que no lo consideré, la letra digo, recordé el viejo símbolo alquímico que representa el espíritu que trasciende la materia y me pareció una declaración apropiada para el momento. Y miren que no me equivoqué en haberla escrito, al final de cuentas estamos acá sentados viendo nuestros cuerpos fusilados, convertidos en otra forma de materia. -Dice con satisfacción Francisco José de Caldas.

- Es por este tipo de frases que Pascual Enrile Acedo(4) dijo: España no necesita de sabios. - Le recuerda Francisco Antonio Ulloa en broma.

- Ese ignorante no sabe ni leer, seguro que lo dijo el sanguinario de Morillo. -Refuta el Capitán.

- ¿Y la señorita? -Pregunta Fernando señalando hacia un lado de donde se encuentran hablando ellos. Levanto mi mirada y veo a mi preciosa Dalila, sentada paciente en un banquillo de la ermita.

- No quise interrumpir las revelaciones de los aquí presentes, por lo que decidí sentarme a esperar a mi esposo, ya han pasado unos meses desde la última vez que estuvimos juntos, así que no me importa esperar unos minutos más.

- Discúlpenos bella dama. -Dicen todos, algo tímidos frente a la imponente presencia de mi esposa. Es impresionante como la muerte se pudo llevar con ella muchas cosas, pero jamás el efecto que causa Dalila en el género masculino.

- Tranquilos igual tenía planeado esperarlo durante más años. -Dice mi mujer.

- Te amo para amarte y no para ser amado, puesto que nada me place tanto como verte a ti feliz. (George Sand) -Con esta cita, la favorita de mi esposa, aquella que dijo cuando pronunció sus votos el día que nos casamos, me saluda Dalia y me tiende la mano para llevarme a caminar con ella la eternidad.

- Podría responder como tú, con la cita que te dije el día de nuestro matrimonio en medio de los votos matrimoniales, pero que mejor oportunidad que esta, para citar al celebre escritor francés François de La Rochefoucauld a quién en su momento leí y no entendí, pero que hoy comprendo con claridad cuando dijo: El verdadero amor es como los espíritus: todos hablan de ellos, pero pocos los han visto. -La abrazo temeroso, pues recuerdo la experiencia de Odiseo cuando trata de abrazar a su madre muerta, pero no puede porque las almas no se pueden abrazar. La abrazo desde lo más profundo de mi alma y veo cómo nuestras almas vuelven a ser una, avanzo con ella a donde sea que me lleve, sabe Cristo que iría al fin del mundo de su mano.

- Ey, antes de que te vayas, ¿cuál fue la cita de los votos matrimoniales? -Me pregunta Albeiro.

- Duda que sean fuego las estrellas, duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo. William Shakespeare


Nickole Naihans L.


(1) Conocido entre muchos historiadores como el eterno bachiller, fue un hombre de ciencias, reconocido por sus estudios en geografía, botánica, astronomía, entre otros. También hizo de periodista y fue uno de los próceres de la independencia Colombiana.

(2)Pablo Morillo y Morillo, es conocido como El Pacificador, fue un militar y marino español, quien lidero la campaña de reconquista española del norte de América del Sur, durante las guerras de independencia hispanoamericanas.

(3) Escritor colombiano que luchó por la independencia de su país. Dejó escrito un curioso estudio titulado:Ensayo sobre el influjo del clima en la educación física y moral del hombre en el Nuevo Reino de Granada.-Texto extraído de www.mcnbiografias.com

(4)Pascual Enrile y Acedo, fue un militar, marino y gobernador colonial español que participó en las guerras por la independencia de las colonias americanas.


Foto: Archivo Personal.

P.D. Quiero aclarar que es una historia de ficción producto de la creatividad mía, no pretende otra cosa que entretener al lector.


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