La manzana

Actualizado: 22 de nov de 2020


- Domitila, si quieres puedes ser nuestra empleada del servicio. -Me propuso Don Pedro, el hermano de Manuel, uno de los hombres más apuestos y ricos del pueblo, cuando tenía 18 años, un corazón enamorado y más de una ilusión; el día en el que había ido a presentarme como la enamorada de Manuel. Tuve que esperarlo algunas horas en la entrada de la inmensa residencia, las mujeres del servicio no tuvieron la cortesía de dejarme pasar y aunque en algún momento pensé que iba a llover, el clima fue indulgente conmigo y no sufrí percance alguno durante el tiempo que tuve que esperarlo. Al cabo de lo que me parecieron dos horas, me dejaron entrar a la casa y me condujeron al estudio de Don Pedro, para que pudiera hablar con él y darle a conocer mi cariño y mis intenciones sobre ser la mujer de Manuel.

Las intenciones por el momento se hacían trizas y el corazón se me rompía, mientras oía al hermano mayor de mi enamorado Manuel decirme que, de acuerdo a mi posición social debería regular mis ilusiones y aspirar dentro de mis posibilidades, las cuales según Don Pedro se limitaban a las de ser una empleada al servicio de la familia Reyes. Recuerdo que con el orgullo maltrecho le agradecí su ofrecimiento, me levanté con la poca dignidad que él me había dejado y me dispuse a salir de aquella casa, compuesta de más cuartos que todo el edificio en donde vivíamos mis padres, mis hermanos y yo en el centro del pueblo.

- Domitila espera, no te vayas con las manos vacías, puedes llevarte una de las manzanas de caramelo que trajo mi esposa Ester de su último viaje a los Estados Unidos -Me dijo señalando una caja con unos preciosos manjares decorados, que se encontraba en el aparador al lado de la puerta. De lejos no podía reconocer muy bien que eran, pero a medida que fui acercándome, pude comenzar a vislumbrar la figura de las manzana. -No se sabe si el destino te permitirá probar una delicia como esas en el futuro.

- Don Pedro le agradezco su ofrecimiento, aunque la última parte sobraba, si fuera usted algo más informado, sabría que en mi familia se cocinan las manzanas de caramelo y los dulces típicos, que se venden cada año en la Feria del Pueblo. Por lo que aceptaré su detalle y tomaré una de estas manzanas, para que mi madre y yo podamos ver cómo y de qué está hecha, para así podérsela ofrecer a los humildes pueblerinos que como yo no podemos viajar a los Estados Unidos, pero que si tenemos la fortuna para degustar de una gastronomía tan maravillosa como la nuestra, al fin y al cabo por poco la Unesco nombra nuestra comida Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. De nuevo muchas gracias Don Pedro, que tenga buena tarde. -Tomo la manzana con mucho cuidado para no dañar su decorado, la verdad es que es realmente hermosa, tiene la figurita de un personaje de Disney, Tribilín (Goofy), la saco de la caja y la guardo en una servilleta. Me digo con el corazón magullado por las duras palabras que acabo de recibir, que en medio de toda esta humillación, algo bueno puede salir gracias esta manzana. Comienzo a caminar hacia mientras me imagino las ventas que nos traerán estas manzanas este año en la Feria, cuando la voz de Manuel, mi novio, me detiene.

- ¿Para dónde va Domitila?

- Si es inteligente, hacia donde Jacinta a que le indique donde puede instalarse como empleada del servicio de nuestra casa. -Le dice Don Pedro a Manuel, en un tono que no da lugar a la duda.

- ¿Le decimos a Ester que la acompañe? -Le contesta Manuel de mala gana, Ester es la esposa de Don Pedro, una mujer refinada, criada en la ciudad, gracias a que su padre es uno de los hombres más poderosos del pueblo y aunque no sabe hacer más que quejarse de cada cosa que ve, no se puede decir que no es hermosa, bien vestida y al parecer con todo el prestigio que a Don Pedro le gusta.

- ¿Por qué la habría de acompañar Ester? -Dice Don Pedro confundido.

- Pensé que ahora tratábamos a nuestra mujeres de empleadas del servicio. ¡¡Estercita!!, venga que al parecer le van a enseñar a hacerse útil mija. -Le grita Manuel a la estirada de Doña Ester.

- Manuel un poco de respeto.-Le exige Don Pedro.

- Eso te digo Pedro, eso te digo, porque puede que Domitila no sea de la misma casta que Ester, pero al menos no es una pendeja estirada que poco o nada puede aportar a quienes la conocemos. -Pienso en mi manzana, es la única cosa que no me avergüenza de lo que está sucediendo y espero que aguante el camino de regreso a la casa, para que mi mamá pueda verla antes de que se derrita por los rayos del sol.

- Domitila no se preocupe por la manzana, sabía que le iban a encantar y ya le envié a su mamá toda una docena de ellas, así que esa que tiene en las manos se la puede comer mientras mi hermano y yo, aclaramos esta situación. Siéntese mija, no sea penosa -Me dice Manuel mientras me ofrece una de las sillas del estudio de su hermano.

- Ya después de que la trataran como personal del servicio, le garantizo que más no la pueden humillar. -Termina de decir Manuel, quien no sobra que les diga, siempre está pendiente de mí y mis necesidades. Yo me siento en el lugar que me ha indicado, un poco avergonzada y con el fin de sustraerme de lo que sucede, centro mi atención en esa hermosa manzana que Don Pedro me ha obsequiado. Miro una última vez a Manuel para estar segura de que me la puedo comer y cuando le veo asentir con la cabeza, me centro en desentrañar esta hermosa delicia. Tiene por sombrero un masmelo (malvavisco) bañado con azúcar verde, se lo quito con cuidado y lo disfruto, es suave, el dulce del azúcar se conjuga con el del malvavisco de manera natural, sin que uno opaque el sabor del otro. Pienso que este año tendremos que teñir el azúcar para las diferentes decoraciones que le haremos a las manzanas, la voz de Don Pedro me saca de mis pensamientos...

- ¿Qué tenemos que aclarar?, que como de costumbre debemos poner en su sitio al servicio, porque tú no puedes mantener tu lugar frente a los sirvientes. -Le dice Don Pedro a Manuel.

- ¿Cuál lugar?, hasta donde yo recuerdo, los tres salimos en una carreta humillados del otro pueblo, de hecho este bronceado Canela Hollywood como lo dice la pendeja de Estercita, me lo hice trabajando de sol a sombra las tierras donde hoy tenemos esta inmensa casona. Discúlpame Estercita por el pendeja, pero es que a veces se te salen unas frases de lo más chocantes. -Le dice Manuel con un tono de condescendencia a la mujer que acaba de entrar al estudio, yo me pongo de pie para saludarla.

- Mija no es necesario. -Me dice Manuel indicando que me siente de nuevo.

- Usted es tan señora como Ester, usted es mi señora.

- Si Manuel, pero la señora Ester es mayor que yo y le debo respeto por edad, dignidad y gobierno (eran otros gobiernos). -Le recuerdo que uno siempre debe ser educado.

- Bastante más vieja, bastante más. -Dice Manuel riéndose.

- Por favor siéntense. -Dice ella en un tono arrogante, no sobra que les diga que ha usado mal el plural, porque la única de los tres que se ha puesto de pie soy yo; una vez la señora Ester me saluda, yo regreso a mi lugar y me siento, para seguir explorando el tesoro que tengo en mis manos. La manzana está dura, por lo que no puedo morderla, pero antes de que pueda volver a guardarla en la servilleta, Manuel la toma de mis manos y le hace dos cortes por cada eje con la navaja que siempre trae en el bolsillo, dejando al descubierto las diferentes capas de dulce de las que está hecha. Por lo que puedo ver tiene: una capa superficial de azúcar, una de chocolate blanco y una capa de caramelo.

- Estercita mija, su esposo quiere que se haga útil, por lo que al parecer vamos a hacer el ejercicio de acompañe al servicio y vea cómo se tiende una cama para que así compruebe que no es un duende el que lo hace, es una mujer la que cada mañana recoge el desorden y tiende las camas, una señora como usted, solo que con menos suerte. -Le dice Manuel con un tono de hartazgo, que deja entrever que está cansado de la frivolidad de la mujer que acaba de entrar.

- A ver Manuel, no hay motivos para ser desagradables, estaba tratando de traer un poco de orden a una situación en donde tú nos metiste.-Le interrumpe Don Pedro.

- Que yo recuerde solo estábamos Domitila y yo, cuando yo me metí...

- Por amor a la virgen, no seas vulgar Manuel. -Le dice la señora Ester interrumpiendo a Manuel a mitad de la frase, gesto que le agradezco.

- Verdad que a sumercé le trae los bebes la cigüeña. -Le contesta mordaz Manuel.

- Manuel, te estás pasando. -Le advierte Don Pedro a mi enamorado.

- No Pedro, el que se pasó fuiste tú y más de tres pueblos, porque aunque a ti se te haya olvidado que no siempre tuvimos dinero, que fuimos humillados por todo el pueblo y que tuvimos que empezar de cero, trabajando estas tierras de sol a sombra, resulta que a mí no. Y puede que no sepas que el oro siempre brillará sin importar la situación, por lo que donde tu ves una empleada del servicio, yo veo una mujer que pese a estar incomoda con la situación que tu has generado, se ha mantenido a mi lado, aferrándose a un detalle que tu le brindaste con la intensión de humillarla, pero en el que ella ha encontrado una riqueza para ayudar a crecer el negocio de su familia.

- Yo sólo... -Va a decir Don Pedro.

- Tu sólo querías reforzar tu mayestática posición, eso lo sabemos, pero resulta y pasa que este canela Hollywood que tanto admira Estercita, me permite decirte que mientras tu humillabas a mi futura esposa, yo llamaba al abogado para que nos ayudara a partir los bienes de la sociedad, de esa manera ni yo tengo que aguantarme a la inútil de Estercita y sus pendejadas superfluas, luego de una jornada de trabajo que para mí empieza a las 04:00 de la mañana. Y tú no te tienes que juntar con quien consideras el servicio, pero que te quede claro que ella -Le dice Manuel señalándome. -No será tu sirvienta sino mi mujer.

- Has perdido la cabeza, la separación nos puede costar...- Don Pedro se acomoda mejor en la silla para acusar el golpe que le acaba de dar Manuel.

- Muy poco, comparado con el hecho de restaurar la dignidad que le trataste de quitar a mi mujer. -Dice Manuel con convicción.

- Manuel, no es...-Trato de decirle que no es necesario, no quiero que mi cariño le cueste un peso, pero el me interrumpe.

- Mija le pido que no me cuestione, sino que me apoye. - Y me da la mano, que yo tomo con firmeza, mientras apoyo al hombre que será mi esposo.


Han pasado ya 50 años desde ese episodio, Don Pedro perdió la batalla contra un cáncer que no le dio tregua y que se lo llevó en menos de seis meses, en medio de unos dolores terribles. Estercita lo sigue llorando en su casa de Miami y nosotros...

Bueno, Manuel y yo, hoy celebramos nuestro aniversario número 50, en efecto son nuestras bodas de oro. Para celebrarlo están nuestros hijos, nuestros nietos y algunos sobrinos.

Por pedido mío hemos servido entre los diferentes platos las manzanas de caramelo con la figurita de Tribilín, al fin y a cabo ese fue para mí el anillo con el que Manuel me pidió matrimonio, y aunque Todavía no se ha descubierto la brújula para navegar en la alta mar del matrimonio(1) Manuel y yo hemos sorteado más de una tormenta, llegando siempre a buen puerto.

Nickole Naihaus L

Fotos: Archivo personal.

  1. Heinrich Heine(1797-1856) Poeta alemán.

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