Un regalo de Navidad...

Actualizado: 13 feb


Recuerdo con cariño que cuando era pequeña, todos los diciembres casi siempre en los primeros días del mes, me sentaba con mi padre en mi pequeño escritorio que se encontraba a lado de la ventana de mi cuarto y en su compañía redactaba mi carta a Papá Noel.

En ella consignaba mi deseo de recibir todos los juguetes que había visto en la temporada de diciembre en las distintas tiendas a las que iba con mi madre, podían ser muñecas de olor a fresa, algún robot de los Transformers o un carro de bomberos; recuerdo con cariño los muñecos sumergibles que cambian de color con el agua fría o caliente, las mascotas virtuales que comencé a coleccionar desde temprana edad y alguna que otra cosa que se hubiese presentado en televisión. Sobra decir que aunque siempre recibí la mayoría de las cosas que en ella pedía, aunque también recuerdo que por fuera se quedaron siempre mi ponys rosados para cabalgar hasta el colegio, los unicornios de mascota que iba a llevar en mi morral, mi dragón dorado para chamuscarle el pelo a alguna compañera malvada y para salir volando de la clase de matemáticas y mi varita mágica de mago, para convertir en sapo a los niños que me robaban la lonchera.



A medida que fui creciendo, la lista comenzó a hacerse más compleja, dejé los dragones, los unicornios y la magia, y comencé a fijarme en la música, los maquillajes y los accesorios de moda. Desde las carteras de colores brillantes, pasando por los tenis de lentejuelas que estaban de moda, continuando con alguno que otro disco del cantante de turno, con alivio puedo decir que son pocos los que me avergüenzan y muchos los que se han hecho cantantes de culto, el gusto musical lo aprendi de mi padre y no se equivocó en las lecciones.


Fue un momento difícil para mi padre y para mí, el día o mejor la navidad en la que descubrí el misterio que albergaban las cartas a mi Papá Noel y los operativos que tenía que desplegar este mágico personaje, en compañía de Mamá Noel, para lograr que cada deseo de mi lista, se materializara en un regalo al pie de nuestro árbol de navidad. Fue justo en esa navidad en la que comencé a desear mi príncipe encantado, o en su defecto a mi sapo encantador, un ogro como Shrek no estaría mal. Creo que fue para ese tiempo que mi padre comenzó a redactar su carta personal a Papá Noel, pidiendo un poco de ayuda para lograr poner en el árbol tan preciado deseo.


Con paciencia lo años comenzaron a pasar y aunque siempre obtuve las cosas que deseaba, los libros, los vestidos, las agendas y diversidad de cosas maravillosas, escogidas con un cariño inmenso por mis padres, este deseo se empezó a ver cada vez más lejano, no puedo negar que conocí a más de un sapo, pero dentro de ellos no encontré al renacuajo encantador o a mi Shrek. Con cada cita, la ilusión de lograr este deseo de navidad comenzó a perderse.


Pero como dije cuando era pequeña, en una navidad en la que mi Papá Noel me trajo la mascota virtual de colección que tenía los personajes de Hello Kitty, "sabía que mi Papá Noel no me defraudaría, porque siempre cumple todos mis deseos" y este no podía ser la excepción.


Esta Navidad compartiremos con unos amigos de mi padre, quien ha pedido con especial anhelo un juego de plumas, las cuales me encuentro en la misión de encontrar, antes de llegar a casa a la cena:



- Señorita, lo lamento pero las plumas de la colección que me pide se acaban de vender al joven que está en el mostrador. -Con sorpresa y desesperación miro hacia donde la dependiente me señala y veo que un hombre con una sonrisa encantadora me saluda, mientras otra vendedora empaca el regalo perfecto para mi Papá Noel. Con tristeza le saludo y a la vez me despido, ahora debo encontrar un regalo casi perfecto para...

- Disculpa, ¿estabas buscando el mismo juego de plumas verdad? -Me dice el apuesto hombre tomándome delicadamente por el brazo, para impedir que deje el local.

- Eran para mi Papá Noel y aunque nunca me regaló mi dragón dorado, yo quería darle sus esferos mágicos. -Le digo con tristeza.

- Si son para tu Papá Noel no te las puedo quitar. -Me dice con una sonrisa que me llega al alma.

- ¿De verdad? -Le pregunto con ilusión.

- Pero por supuesto. -Me dice.

- Señorita, ya no voy a llevar el juego de plumas, por favor se lo puede vender a la señorita y si es posible ¿me puede mostrar alguna otra cosa que le pueda regalar a mi padre? -Me dice mientras me indica que vaya a la caja a pagar por el regalo, una me han entregado el juego de plumas, me dispongo a agradecerle al encantador príncipe, pero el local está tan lleno de gente que no puedo encontrarlo de nuevo. Con un poco de tristeza abandono el local y me dispongo a ir a mi casa a encontrarme con mis padres y sus amigos.

Cuando llego aún no ha llegado uno de los hijos de la pareja, comenzamos a entregarnos los regalos, porque como no hay niños pequeños, la curiosidad nos mata y preferimos no esperar más. Justo en ese momento nos avisan de la portería que el hijo que hacía falta ha llegado, por cordialidad le indico a mi padre que no se preocupe, que yo abro la puerta y cuando lo hago, me encuentro con mi príncipe azul, que trae en las manos un dragón dorado.

- ¿eso es un dragón? -pregunto sonriéndole al joven apuesto que me ha cedido sus plumas.

- Decidí que debía estar a la altura de Papá Noel, por eso traje lo que el no te regalo. -Me dice sonriendo, confirmando que en efecto mi "Papá Noel no me defraudaría, porque siempre cumple todos mis deseos"



Nickole Naihaus L

Nickinaihaus

Nickole Naihans L


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